Colombia no está eligiendo presidente: está eligiendo venganza

El tigre y el guardián de la memoria prueban la misma tesis: el populismo florece donde no se entiende el Estado.

Las dos narrativas que dominan las encuestas en Colombia —el tigre y el guardián de la memoria, el miedo y la reivindicación— prueban la tesis incómoda de que cuando la ciudadanía no entiende cómo funciona el poder, la emoción reemplaza al argumento.

Entre 2004 y 2024, el 73% de los latinoamericanos creyó que su país estaba gobernado por unos pocos grupos poderosos, según el Latinobarómetro. La encuesta 2025 de la OCDE confirma que apenas un tercio de la población confía en sus instituciones, es decir que es sobre ese suelo árido donde germinan los dos arquetipos de política populista contemporáneos, y en Colombia se hace notorio, a dos semanas de las elecciones del 31 de mayo.

Los punteros de todas las encuestas —Iván Cepeda con cifras entre 35% y 44%, y Abelardo de la Espriella entre 21% y 33%— no compiten con sus propuestas, compiten con las emociones de los ciudadanos y tienen claro cómo se hace de manera cuidadosa y eficiente.

De la Espriella construyó un performance. En sus eventos de 2 horas, habla 20 minutos; el resto es música, tigres inflables y videos con inteligencia artificial en donde se muestra, ya como presidente, ordenando bombardear a «Iván Mordisco». Sube a la tarima detrás de una vitrina blindada mostrando con vehemencia la protección que necesita una figura como él. Se autodenomina «el tigre que no se deja cazar», llama «manada» a sus seguidores y, esta semana, denunció un plan de francotiradores diciendo «Si a mí me asesinan, asesinan la esperanza de todo un pueblo». El método es deliberado, expone el miedo y el sacrificio en carne propia. El votante que lo sigue escucha una promesa de redención, más que una propuesta de gobierno.

Por su parte, Cepeda opera con una emoción opuesta, pero igual de sensacionalista, la reivindicación del dolor. Su programa de 430 páginas, El Poder de la Verdad, está construido sobre la memoria de su padre, el senador de la Unión Patriótica Manuel Cepeda, asesinado en 1994 en un crimen reconocido como responsabilidad del Estado por la Corte Interamericana en 2010. En Soacha, abrazó a las Madres de los falsos positivos, diciendo «Seré el presidente de todos los colombianos, pero seré el presidente de las víctimas». Su narrativa se apalanca en la superioridad moral de las víctimas y su dolor como moneda de cambio para llegar al poder.

Frente al tigre que «ruge» y el guardián de la memoria que «reivindica». La estética del dolor cumple la misma función que la del miedo: logra blindar al líder y convierte al  votante en un seguidor afectivo y leal.

Ninguna de estas narrativas obliga al votante a entender qué puede y qué no puede hacer un presidente. ¿Puede De la Espriella «dar de baja» a criminales que esquiven la justicia? No, la Constitución y el bloque de constitucionalidad lo prohíben. ¿Puede Cepeda gobernar mediante un «acuerdo nacional» empujado por la movilización social y el «poder constituyente»? Solo pasando por encima del Congreso y la Corte Constitucional. Pero esas preguntas se evaporan ante el miedo de los ciudadanos a la violencia y el dolor de una madre que llora a sus hijos.

Lo anterior funciona porque, según la Encuesta de Cultura Política 2023 del DANE, más de la mitad del electorado no reconoce las herramientas que la Constitución le da, razón por la cual las narrativas pesan más que la legitimidad de las propuestas.

Otra prueba es que ambos han faltado a casi todos los debates presidenciales. Cepeda condicionó su asistencia a debatir solo con sus rivales de derecha; De la Espriella, a debatir solo con Cepeda. Quien promete redención no debate, y quien dice encarnar la verdad de las víctimas tampoco, sabiendo que es el debate el que exige y permite que el fervor de la emoción y los ánimos puedan ser escrutados, pero la valentía que pregonan se les esconde detrás del populismo y se delata en la evasión.

La salida no es pedirles moderación a sus narrativas —eso jamás pasará porque es el método más eficaz en estas sociedades—. El camino es darle al ciudadano herramientas para evaluar a sus candidatos: educación cívica obligatoria en secundaria sin dogma ni doctrina, auditoría técnica de propuestas de campaña y periodismo explicativo que descomponga procesos en lugar de amplificar escándalos.

Pero si seguimos formando generaciones que confunden democracia con catarsis colectiva, cada elección será una elección entre tigres y guardianes de la memoria. Entre la rabia de unos y la deuda de otros, Colombia seguirá condenada a la revancha, a gobiernos que ajustan cuentas con el pasado en lugar de construir el futuro. La pregunta que ningún candidato dominante nos está haciendo es: ¿qué Colombia queremos construir hacia adelante? Un país habitable, próspero y fraterno no se conquista a golpes; se construye con instituciones que entendemos y políticos a los que sepamos exigirles. Ese futuro existe, pero posiblemente no lo elegiremos el 31 de mayo si no aprendemos a leer el tarjetón completo.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/

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