La historia no está tan lejos de la realidad. Por eso se dice que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. En Colombia, parece que no hemos aprendido: volvimos a construir una nueva Patria Boba, un país dividido entre bandos que prefieren derrotarse entre sí antes que reconocer sus errores y construir soluciones.
Cuando nos acercamos a la herida de la violencia en Colombia, esa situación se hace evidente. Hoy se le ofrecen al país dos propuestas que no tienen la grandeza de reconocer sus fracasos. No tienen autocrítica y se aferran a la idea de que el fallo siempre está en el contrario. En concreto, estamos ante una seguridad que se rehúsa a mirar sus crímenes y una paz que no quiere aceptar su ingenuidad.
Eso me ha llevado a cuestionarme si en realidad la responsabilidad es de los políticos o si, más bien, somos nosotros: una sociedad que se siente cómoda siendo voraz con su adversario, pero benevolente y complaciente con su aliado. Somos una sociedad que no exige grandeza a sus líderes, sino testarudez y agresividad.
El votante de derecha pide que se reconozca el fracaso de la paz total, pero le cuesta mirar de frente los crímenes cometidos bajo la seguridad democrática. Por su parte, el votante de izquierda pide reconocer los horrores de la guerra, pero le cuesta aceptar que la política de paz ha sido ingenua, improvisada o insuficiente frente a las estructuras criminales.
La seguridad democrática en el gobierno de Uribe redujo los secuestros, recuperó las carreteras, debilitó a las guerrillas y generó una sensación de seguridad en la población. Pero también dejó una consecuencia atroz: 6.402 falsos positivos; 6.402 colombianos inocentes, en su mayoría jóvenes campesinos, asesinados por un Ejército afanado por resultados y estimulado por las recompensas. Ahí es donde uno se pregunta: ¿cómo creer en una seguridad 2.0 si quienes la proponen no son capaces de mirar de frente los crímenes que ocurrieron bajo la versión 1.0?
Frente a la paz total de Petro, no podemos negar que el país necesitaba una alternativa a décadas de guerra. También es cierto que muchas voces del territorio colombiano exigen una salida negociada al conflicto y que, en el deber ser, siempre será mejor la paz que la guerra. Pero cuando vemos órdenes de captura levantadas sin que los criminales le entreguen nada real al país; presos contratando parrandones vallenatos desde las cárceles, y extorsiones, secuestros y atentados terroristas en aumento, también nos lleva a preguntarnos: ¿cómo creer en una paz 2.0 si quienes la defienden no son capaces de aceptar que la versión 1.0 les dio oxígeno político y territorial a actores armados?
A mi modo de ver, salir de esa Patria Boba pasa por entender que la salida no está en escoger entre mano dura sin memoria o paz sin Estado. Colombia no necesita una seguridad que niegue sus muertos ni una paz que niegue sus fracasos. Necesita dirigentes capaces de reconocer errores y ciudadanos capaces de exigirles grandeza y autocrítica a sus líderes.
La grandeza no consiste en gritar más fuerte contra el otro, sino en tener la decencia de mirar los errores propios. Y esa grandeza, antes que esperarla de los políticos, tenemos que empezar a exigirla como sociedad.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/