Petro va a votar por Abelardo

Cálmense y lean primero. En estas semanas finales de contienda electoral volví a un clásico que suele adornar muchas bibliotecas: El arte de la guerra, de Sun Tzu. Un libro tan citado como poco comprendido, pero profundamente útil cuando se lee con atención. Su vigencia es evidente en la política, sobre todo si recordamos aquella idea del historiador y exmilitar prusiano, Carl von Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. En campaña, esa frontera entre estrategia militar y cálculo político se difumina y se vuelve casi indistinguible.

Sun Tzu no pensaba la confrontación como un choque frontal, sino como un ejercicio de percepción, desgaste y cálculo. Para él, la victoria superior no es la que se obtiene tras una batalla cruenta, sino la que se logra antes de que esta siquiera ocurra. En política, eso significa que no siempre se trata de destruir al adversario, sino de debilitar su entorno, fracturar sus alianzas o empujarlo a escenarios impopulares. Y la llamada “victoria fácil” no es un accidente, sino una construcción deliberada: elegir el terreno donde el rival ya está perdiendo.

Clausewitz, por su parte, introduce una idea menos sutil pero igual de contundente: la concentración de fuerzas. La estrategia no es dispersarse en múltiples frentes, sino ser abrumadoramente superior en el punto decisivo. No se trata simplemente de buscar un rival débil por comodidad, sino de garantizar que, llegado el momento clave, la correlación de fuerzas sea tan desigual que la derrota del oponente sea inevitable. En términos políticos, esto se traduce en algo evidente: no todos los rivales son iguales, y no todos ofrecen el mismo nivel de resistencia.

Y es ahí donde volvemos a Sun Tzu. Su principio de “atacar lo vacío y evitar lo lleno” es, quizá, una de las lecciones más crudas para entender una campaña electoral. El estratega eficaz no se lanza contra la fortaleza del adversario, sino que fluye hacia sus debilidades. Si el oponente está dividido, desgastado o carece de capacidad de convocatoria, el conflicto se resuelve rápido y con bajo costo político. A eso se suma el uso del engaño: hacer parecer fuerte lo débil y débil lo fuerte, manipular percepciones, inducir errores. En otras palabras, construir una realidad donde la victoria sea casi automática.

Con ese marco en mente, la tesis puede parecer provocadora, pero es estratégicamente coherente con nuestra actualidad política: en un escenario hipotético (y maquiavélico), Gustavo Petro votaría por Abelardo de la Espriella el 31 de mayo.

¿Por qué? Porque la primera batalla ya está, en buena medida, resuelta. Iván Cepeda tiene asegurado su paso a segunda vuelta. Un voto más o un voto menos (incluso uno tan particular como el de Gustavo Petro, en este escenario hipotético) no hará la diferencia. La verdadera disputa no es esa, sino quién será su contendor final. Y es allí donde opera la lógica de Sun Tzu y Clausewitz: no se trata de quién representa mejor a la derecha, sino de quién es más fácil de derrotar. Desde esa perspectiva, Abelardo de la Espriella aparece como el rival ideal. No porque carezca de votos, sino porque limita su crecimiento. Su perfil polariza, reduce su capacidad de sumar apoyos amplios y dificulta la construcción de mayorías en segunda vuelta. Es, en términos estratégicos, un candidato que “espanta” más votos de los que convoca.

Paloma Valencia, en cambio, representa el escenario opuesto. Tiene la capacidad de sumar distintos sectores, de recoger votos de quienes hoy están dispersos y de convertirse en un punto de convergencia. En una segunda vuelta, esa capacidad de expansión es decisiva. Un votante de Abelardo podría, incluso a regañadientes, votar por Paloma. Pero el camino inverso es mucho más improbable: buena parte del electorado actual de Paloma no migraría hacia Abelardo.

Ahí está el punto crítico. Si el petrismo piensa en términos estratégicos (y todo indica que lo está haciendo), lo último que le conviene es enfrentar a un rival competitivo en segunda vuelta. La cuestión no es ideológica, es matemática. Es Sun Tzu en estado puro: asegurar la victoria antes de la batalla final.

Por eso, aunque suene contraintuitivo, la jugada más inteligente para Petro está en facilitar que llegue el más débil. En ese tablero, Abelardo no es el enemigo más peligroso, sino el más conveniente. Y en política, como en la guerra, rara vez gana el más fuerte: gana quien elige mejor a su adversario. Si Abelardo pasa a segunda vuelta, la contienda dejaría de ser incierta; desde el 31 de mayo, el desenlace quedaría prácticamente escrito: Iván Cepeda sería el nuevo mandatario electo de Colombia.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

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