¿Todo bien en casa?

Los hipopótamos trajeron toda la experticia en hipopotamología que había adentro nuestro por haber leído un tuit o por ser seres humanos sintientes y preocupados por esos otros seres gigantes e indefensos que no tienen la culpa.

También trajo toda nuestra experticia en definiciones: que no es eutanasia, que llamemos las cosas como son: genocidio, asesinato, crimen. Como si en este país ya no fuéramos expertos (por lo menos muchos, por experiencia) en esos términos, aunque de eso sí poco hablamos: de los muertos de la violencia mejor calladitos y de las víctimas mejor neguémoslas, que así nos vemos más bonitos y votamos mejor.

(No es que hiciéramos mucho ruido con que la JEP dijera que el número de ejecuciones extrajudiciales es más grande: pasó de 6.402 a 7.837, e incluye más años: de 1990 a 2016).

Por supuesto que también llegó lo de la ética, porque claro que todos vimos ética y religión en el colegio. De eso sabemos.

A los científicos, en cambio, esos que han pasado años estudiando, esos que han estado en campo, que conocen el problema a fondo, que tienen argumentos científicos, conocimiento, a esos los han tratado de asesinos, de inhumanos, y de ahí para arriba. En redes parece un llamado a: no importa que mueran científicos, pero que no muera ni un solo hipopótamo.

A los científicos, a esos a los que necesitamos escuchar, a esos no los escuchamos.

Porque para qué las fuentes calificadas.

La posibilidad de opinar en redes sociales nos empodera: es que podemos decir, podemos mostrar nuestros sentimientos, gritarles a todos que somos humanos, que nos interesan los seres vivos, que hay que hacer lo que haya que hacer. Lo imposible.

Y ahí también juegan un papel importante los medios de comunicación que le dan la voz a cualquiera, que hacen notas sin fuentes relevantes, pero que son fuego para que el debate siga ardiendo y sumar clics. Los clics de hipopótamos pesan igual, o más.

Pero los hipopótamos son solo un ejemplo. Opinar ahora es lo más fácil, sentados detrás de un computador. Todo hay que decirlo. De todo sabemos. Somos expertólogos en cada cosa. Expresarnos es un derecho, sí o pa qué.

De dónde tanta rabia.

A veces me pregunto.

El otro siempre es el malo. El otro nunca tiene la razón.

El otro tan pendejo, tan imbécil.

¿Todo bien en casa?

Y al final es que ni siquiera sabemos argumentar ni debatir. Confundimos un sentimiento con un argumento.

Los recibo de a uno.

Pero en esta época no cabe escuchar al otro. Parece imposible cerrar el pico y escuchar (¡y sobre todo a los expertos!) qué tiene el otro para decir antes de lanzar en ráfaga palabras, repeticiones, ideas sueltas, compartir titulares efectistas, chats de WA.

No todo hay que comentarlo.

No hay que hacer una nota de cada estupidez.

Nos urge aprender que está bien quedarnos callados cuando no sabemos.

Que está bien no saber.

Solo son dos palabras: No sé.

También que podemos estar equivocados.

Que la vida se trata de eso, de aprender. Y de ahí que sea tan importante, para empezar, escuchar a los que saben, a los que han estudiado, leer artículos de fuentes confiables, ir a los libros. En la época de la información, pues informarse bien. Elegir bien.

Nos urge ir más despacio. Hacer una pausa. Pensar antes de. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar