Esta semana vi un post en Instagram que me dejó impresionada. El post decía así: “¿Abelardo o Paloma? La decisión es sencilla: el que esté mejor en la última encuesta tendrá mi voto. No tengo mucho más que pensar, ninguno de ustedes tampoco”.
No es solo esa frase. Es la idea de que basta con mirar un número para decidir quién debe dirigir el país. Delegar el voto en una encuesta hecha sobre una muestra del 0,013% del electorado (alrededor de 2.741 personas frente a más de 21 millones que votaron en el 2022). La responsabilidad de elegir es más grande que eso. Define el rumbo del país y el futuro de millones de personas.
Para la mala suerte del autor, el domingo salió la última encuesta de Invamer. Iván Cepeda aparece con alrededor del 44% de intención de voto, mientras Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia están prácticamente empatados, con diferencias dentro del margen de error. Y con ese empate, no hay forma de tomar la decisión a la ligera. Ahora toca comparar.
Y para eso, vale la pena revisar algunos puntos clave.
El primer punto es el aporte concreto al país. Paloma Valencia lleva más de diez años en el Congreso. Ha impulsado subsidios al gas para hogares de bajos ingresos, medidas para facilitar crédito en el campo, esquemas como el bono escolar para la educación y reformas para reducir trámites a las empresas con el fin de fomentar la formalización y el empleo. También ha propuesto regular el uso de sustancias peligrosas en la agricultura por sus efectos en la salud y el ambiente. En seguridad y justicia ha defendido endurecer penas para delitos graves, cambios en la estructura judicial y ha cuestionado aspectos de la implementación de los acuerdos de paz, sobre todo en materia de sanciones.
Abelardo de la Espriella viene de otro camino. Ha sido la defensa de clientes frente al Estado, en procesos de alto impacto donde lo que está en juego son sanciones, responsabilidades legales y, muchas veces, recursos públicos. Ha representado a personas vinculadas a casos de corrupción, testaferrato, estafa, contrabando y otros delitos económicos, altamente controvertidos. Su rol, en esos escenarios, ha sido cuestionar a las instituciones, desvirtuar decisiones de las autoridades y proteger los intereses de sus clientes.
Ese es su oficio. Es legítimo y hace parte del sistema. Pero no es lo mismo operar desde la defensa de intereses particulares que asumir la responsabilidad de dirigir el Estado. Más aún cuando él mismo ha planteado públicamente que la ética no es un eje central en el ejercicio del derecho penal.
Luego están los cuestionamientos. A Paloma Valencia la critican por sus posturas, sus votos y su cercanía al uribismo. En el caso de Abelardo de la Espriella, los reparos tienen que ver con los casos que ha asumido y los entornos en los que ha ejercido. En el proceso de David Murcia Guzmán hay testimonios e interceptaciones sobre pagos por cerca de 760 millones de pesos para influir en el Congreso, que su defensa ha sostenido que correspondían a honorarios. Además, su propio cliente lo acusó de haber recibido cerca de 5.000 millones de pesos que, según él, no fueron devueltos.
Otro punto es la recolección de firmas para su candidatura: de más de cinco millones presentadas, solo cerca del 38% fueron válidas según la revisión de la Registraduría. Eso también deja preguntas sobre el proceso.
También vale la pena comparar su relación con la democracia y su disposición a debatir. Paloma Valencia lleva años defendiendo sus ideas en el Congreso: debatiendo, votando, negociando y perdiendo también. Abelardo de la Espriella ha tenido una presencia más mediática y, hasta ahora, no ha aceptado debates directos con otros candidatos. No ha puesto sus propuestas a prueba en escenarios donde no controla las condiciones.
Por último, y no es un tema menor, está la viabilidad. En una eventual segunda vuelta contra Iván Cepeda, la diferencia no es la misma: frente a Abelardo de la Espriella la brecha es de cerca de 12 puntos, mientras que frente a Paloma Valencia se reduce a alrededor de 4,6. Esa diferencia no es menor: en un caso hay una contienda abierta; en el otro, una distancia difícil de remontar.
Después de ver esto, ¿a quién le confiarías algo que de verdad te importa? Algo tuyo. ¿A quién le firmarías un contrato sin sentir la necesidad de revisarlo diez veces? ¿Con quién harías un negocio? ¿Quién te da la tranquilidad de que va a estar bien rodeado?
¿Quién te da la sensación de que jugaría limpio incluso cuando podría no hacerlo? ¿Quién ha demostrado respeto por las reglas no solo cuando le convienen, sino cuando le cuestan? ¿Quién ha estado dispuesto a dar la cara, a debatir y a sostener sus ideas frente a otros, sin descalificar ni evadir?
Porque la confianza no se construye con lo que alguien promete hacer, sino con lo que ya ha hecho cuando ha tenido poder o cuando ha estado cerca de él.
El voto no es una simple apuesta por el que va primero en la encuesta. Es una decisión sobre confianza, responsabilidad y ética. Y esa decisión —si es realmente una decisión— no se puede tomar con un pantallazo a un gráfico.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/