Yo, evidentemente, no viví la Colombia de los años 80 y 90. Sus ecos me llegan a través de lecturas, de las anécdotas de los mayores y de esa remisión constante que parece una declaración colectiva de “Nunca más”. Sin embargo, Colombia parece condenada a un eterno retorno de violencias: políticas, mafias, crimen organizado, pobreza y narcotráfico. Las nuestras, las de nuestros días, son en esencia las mismas. Nunca se han ido; en cambio, han mutado, se han mimetizado, se han multiplicado, se han tecnificado e incluso profesionalizado. Basta pasar por las noticias de esta semana para volver a ver las imágenes de los carros bomba, los cuerpos desmembrados, los asesinatos selectivos, los mafiosos campantes y los políticos que callan complacientemente.
En diciembre se cumplirán 40 años del asesinato de Guillermo Cano, decano del periodismo en Colombia. Cada tanto vuelvo a su Libreta de Apuntes, a sus editoriales y a sus reflexiones para encontrar señales en medio de estos tiempos. Sus palabras son sorprendentemente atemporales, lúcidas y necesarias. Una de ellas es hoy más urgente que nunca: “A este país lo que verdaderamente le está haciendo falta no es plata (…) sino una profunda reconquista de la moral en el sector público y en el sector privado (…) Estamos presenciando el crecimiento de una generación sin fronteras morales, sin valores ni principios éticos”.
Creo que, de un tiempo para acá, avanza de forma rápida y silente una crisis, de nuevo sistémica: el mismo virus latente que reaparece con síntomas más sofisticados y resistentes. No es solo la persistencia de la violencia lo que inquieta, sino la normalización de sus formas. Nos acostumbramos a la indignación breve, al escándalo efímero, a la tragedia que dura lo que dura el ciclo noticioso. Y en ese acostumbramiento, algo más profundo se erosiona: la capacidad colectiva de rechazar lo inaceptable.
La nación se debate hoy en una suerte de bipartidismo difuso, más cercano a una bipolaridad política que a una verdadera deliberación democrática. El liderazgo parece insuficiente; el talante de estadista es un bien escaso. Los empresarios, más allá del giro de sus negocios y de las conversaciones en sus espacios elitistas, parecen desentendidos o desconectados de la realidad nacional. Mientras tanto, las guerrillas y el crimen organizado siembran el terror y campean el territorio a sus anchas, ocupando vacíos que el Estado no logra —o no quiere— llenar.
La contienda presidencial, según todas las encuestas, parece encaminarse entre dos formas degradadas de habitar lo público. Como si la política hubiera renunciado a su vocación ética y se limitara a disputar el poder bajo lógicas de espectáculo, resentimiento o cálculo. En ese escenario, resulta inevitable preguntarse si el sacrificio de esa generación de políticos, jueces, periodistas y policías —esa resistencia civil frente a la mafia— fue en vano.
Indigna ver cómo figuras públicas, envueltas en estéticas de nuevo rico o discursos de superioridad moral, pretenden dictar cátedra sobre valores que no encarnan. Irrita el cinismo de quienes invocan el diálogo mientras golpean la institucionalidad, o de quienes apelan a la democracia solo cuando les favorece. Pero más preocupante aún es la indiferencia creciente frente a estos comportamientos: la sensación de que nada sorprende, de que todo cabe, de que todo se tolera.
Tal vez la pregunta no sea si es posible otro país, sino si estamos dispuestos a construirlo. Porque el “Nunca más” no puede seguir siendo una consigna vacía que repetimos mientras caminamos hacia los mismos abismos. Requiere memoria, sí, pero también coraje: el de exigir, el de incomodar, el de no ceder frente a la resignación.
Colombia no está condenada por su pasado, pero sí puede estarlo por su indiferencia. Y ese, quizá, es el punto más cercano al no retorno.
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