Votar, gustosamente

Quedan 39 días para la primera vuelta presidencial en Colombia.  La campaña, como todas, ha sido una mezcla de repetición y novedad. Se repiten asuntos tan preocupantes y dolorosos como el asesinato de un precandidato, Senador de la oposición, y no faltan tampoco las amenazas, reales o supuestas se a candidatos de diferentes tendencias (siempre es mejor creerlas que ignorarlas). También se repite la estrategia antidemocrática de candidatos  que lideran las encuestas de hacerle el quite a los debates (en este caso un candidato de izquierda reconocido por los debates de control político que realizó y que fustigó en su momento a otros candidatos que se negaban a debatir y un abogado defensor locuaz y con una historia oscura).

 La izquierda de manera novedosa y venciendo una larga historia de peleas intestinas, logró consolidar un pacto amplio y disciplinado que obtuvo altas votaciones al congreso y lidera, en todas las encuestas, la carrera presidencial. Lo de hace 4 años no fue un golpe de suerte y ese pacto llegó para quedarse (lo que mantiene unido al pacto será tema de otra columna). Otra de las novedades de esta campaña es que el candidato que aparece de segundo en las encuestas no solo no viene de ningún partido político, sino que nunca ha sido funcionario o servidor público. Es el “outsider” que más lejos parece haber llegado en una contienda presidencial. Esta calificación no es positiva per se así como tampoco lo es lo de ser “novedoso”.  En otra columna hablé de los dos candidatos que lideran las encuestas y por lo tanto no me referiré a ellos

Entre repetición y novedad está Fajardo, quien va por su cuarta campaña presidencial.  En el 2010 recogió firmas y, luego de un mal resultado en elecciones parlamentarias, se unió a Antanas Mockus como fórmula vicepresidencial.  En el 2018 estuvo a un poco más de 250,000 votos de pasar a la segunda vuelta.  En el 2022 fue la debacle de la Coalición de la (des)Esperanza.  La novedad de Fajardo es que, a pesar de los resultados anteriores, de ataques rastreros y sostenidos (en prensa, redes y organismos de control) y de voces de todo el espectro que lo invitan, le gritan, a que renuncie, él sigue adelante.  ¿Por qué?

No entro a analizar el señalamiento mentiroso, y hábilmente transmitido por sectores de la derecha y la izquierda, de que Fajardo vive de los recursos de la reposición de votos. El lector que crea en ese esperpento puede abandonar la lectura de esta columna y hacer la tarea. No es tan difícil. 

A Fajardo, y esto lo sé porque he estado en campaña con él, lo mueve la convicción férrea de que el sistema democrático, con todas sus fallas y falencias, es la mejor forma organizar una sociedad y de emprender los procesos estructurales para transformarla. No todos los candidatos o gobernantes comparten esta convicción. Su formación de matemático lo lleva siempre a identificar y analizar los problemas de raíz (no sus expresiones, sus ruidos o sus consecuencias) y, a partir de estos, plantear soluciones. Ese proceso, que en el caso de los científicos es individual y solitario, lo hace, como político, de manera colectiva y pública (con propuestas, planes de gobierno y planes de desarrollo construidos por equipos y con participación ciudadana). Esto, que debería ser la regla de la democracia y de sus candidatos, es en esta época de videos cortos y carnadas algorítmicas, algo muy extraño. Medellín y Antioquia, además, han sido testigos de que las propuestas públicas de campaña y los planes aprobados en los gobiernos, en buena parte se cumplen y producen resultados positivos.   

Fajardo insiste en que es posible ganar la presidencia porque ha ganado elecciones de manera clara y contundente y porque, en el fondo y contra lo que a veces parecen montañas de evidencia, cree en la ciudadanía y en su compromiso en la lucha contra la corrupción y en la erradicación de la combinación violencia y política.  Yo no soy tan optimista como él, pero respeto y admiro su insistencia y me parece que el suyo es un papel necesario y bienvenido en un sistema democrático. 

Obvio, me habría gustado que las mayorías le hubieran dado la posibilidad de gobernar en el 2018 o en el 2022, y no me cabe la menor duda de que este sería un país muy distinto. En términos de convivencia y seguridad, manejo fiscal, ciencia y educación, equidad, derechos humanos, construcción de paz, cultura y lucha contra la corrupción, Colombia tendría mejores indicadores y el trabajo del gobierno nacional con autoridades locales, sector privado, sector social y academia fluiría. La vida de muchos compatriotas sería, sin lugar a duda, mejor.   

Pero las mayorías son seres muy extraños que se mueven por motivaciones cambiantes y en ocasiones misteriosas. No son suficientes la convicción, el conocimiento, la experiencia y los resultados.  Es lo que hay en democracia y los demócratas lo aceptamos.

En la primera vuelta voy a votar, tranquilo y convencido, por Fajardo porque es el candidato mejor preparado, con mayor experiencia ejecutiva, con un gran equipo de apoyo y con la capacidad de trabajar con los mejores en sus campos cuando gobierna.    Que no va a pasar dicen encuestas, analistas y grupos de Whatsapp. Que no emociona o comunica dicen otros. Puede ser. En democracia se gana y se pierde, pero cuando se tiene la oportunidad de votar en libertad, sin presiones y sin miedo por el mejor candidato, hay que hacerlo, gustosamente.   

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/

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