La política es la promesa de que otros mundos son posibles. Cada cuatro, o cinco, o seis años, con las elecciones presidenciales, se abre la posibilidad de visualizar una realidad distinta, un pacto social que sea justo, que no destierre a la mayoría de sus habitantes. La ilusión de la renovación, del volver a empezar, entusiasma a los votantes, los vuelve creyentes de la utopía, de la posibilidad de que haya un país en el que todas las personas seamos posibles. En las contiendas presidenciales pasa lo mismo que los 31 de diciembre, aceptamos el pacto ficcional del nuevo comienzo.
La embriaguez de la utopía rápidamente se enfrenta al principio de realidad. La política es también el mundo de lo posible. Las encuestas definen quiénes son las personas que pueden sentarse en la silla presidencial. Ahí el escenario se transforma, en muchos casos, en una elección sobre opciones que no entusiasman, que no generan la promesa de un nuevo país. Los personajes de siempre, que tienen títulos de propiedad sobre lo político, suelen salir a la escena a dirigir el rumbo de la contienda. Es probable que los que terminan compitiendo sean replicadores, imitadores, que se aprenden libretos y dicen frases que no son suyas. Hay alguien que les habla al oído, como una suerte de voz de la conciencia, que dirige sus proyectos.
La política es el deporte de los vanidosos, de los que no pueden pensar más que en sí mismos, de los vampiros sociales. Ellos siempre están, en la luz o en la sombra, haciendo de los países sus proyectos personales. La utopía, el deseo de otro mundo, se desvanece cada vez que uno de estos nosferatus decide, de nuevo, imponer su régimen de vanidad. El espacio para otra posibilidad, para la esperanza, para la sociedad igualitaria, siempre es muy estrecho.
La política es un feudo conquistado por los poderosos. Y de ellos es el mundo de los tarjetones. Ellos saben ganar elecciones. Saben cuántos votos hay que comprar, qué empresario tramar, qué político difamar. Controlan el terreno electoral para que no se vaya a colar ninguna idea honesta, ningún proyecto con la suficiente imaginación moral para avivar corazones.
La política es la persistencia en una causa noble. Aparece allí donde se presenta un fallo a la igualdad, donde un sujeto identifica que alguien está siendo apartado del arreglo democrático. Y hay muchos y muchas que luchan contra feudos, contra vanidosos, contra imposibles. Los llaman los imprescindibles, porque entregan su vida a este propósito y pese a que no haya posibilidad en los tarjetones, siempre están resistiendo, buscando la bondad que se aloja en el espíritu humano, agitando la lucha por la justicia. Eso es la política.
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