El plebiscito por la paz marcó un antes y un después en la política colombiana. Fue el momento en que las fuerzas del «Sí» y el «No» sacudieron de tal forma el tablero democrático que el espacio para los matices terminó por disolverse. En ese choque, los puntos de encuentro se volvieron irrelevantes y las diferencias se exacerbaron. Antes de aquel hito, existía al menos el consenso general de que el Estado debía enfrentar a los grupos ilegales y buscar el desescalamiento de la violencia hasta alcanzar la paz. Sin embargo, tras la campaña del plebiscito, esa meta común se desdibujó bajo narrativas reduccionistas: los promotores del «Sí» afirmaban que su bando era el de la paz y el otro el de la guerra; mientras tanto, los del «No» sostenían que votar a favor era garantizar la impunidad y votar en contra era rechazarla.
No pretendo sugerir que el plebiscito inventó la polarización en Colombia, pero es innegable la coincidencia entre ese quiebre y la década de división y violencia política severa que hoy, diez años después, nos sitúa en una nueva especie de plebiscito. Esta vez, la elección parece más una encrucijada por la supervivencia de nuestra democracia. Fiel a nuestra costumbre, no estamos ante un escenario ideal: es un momento donde el puritanismo ideológico amenaza con condenarnos a la irrelevancia, mientras que el pluralismo democrático, cargado de una alta y necesaria dosis de pragmatismo, debería ser nuestra única brújula.
La elección de 2026 se perfila cada vez más como un plebiscito porque nos obligará a decidir, de fondo, qué SÍ y qué NO queremos para Colombia. Es la hora hacerle frente a la polarización con decisiones difíciles —quizás incómodas—, pero indispensables para que el país tenga futuro. No es una elección más; se trata de definir:
Si queremos un país que respete la Constitución de 1991 o No.
Si queremos la independencia del Banco de la República y la separación de poderes o No.
Si queremos que la ‘Paz Total’ siga siendo cómplice de la violencia o No.
Si queremos un sistema de salud manejado con responsabilidad que garantice el acceso a medicamentos o No.
Si queremos que el cambio social sea una realidad tangible y no un eslogan vacío.
Si aceptamos que RTVC siga siendo una máquina de fake news y propaganda ideológica o No.
Si aceptamos que el desprecio por el conocimiento se imponga sobre los hechos para validar narrativas sin sustento o No. Si queremos que la agenda nacional siga orbitando alrededor de los disparates del mandatario de turno o No.
Si permitimos que la improvisación y la inexperiencia sigan gobernando o No.
Si queremos recuperar la inversión para que crezca y sea sostenible o No.
Si queremos un país donde pensar distinto no implique el aniquilamiento moral del otro.
Si aceptamos que prevalezca un sistema educativo precario y atemporal o No.
Si persistimos en un modelo centralista, ineficiente y corrupto o No.
En definitiva, la elección es de fondo: un país que confronte sus ciclos de división —que al menos gane tiempo para encontrar una salida— o uno que profundice la espiral de decadencia en la que nos hundimos. Para elegir este segundo camino sobran opciones, una en cada extremo; para tomar el primero, solo sobrevive una alternativa tangible, capaz de sumar y permitirle a Colombia contar una mejor historia. No estamos ante un escenario ideal, sino ante la urgencia de lo posible. Siempre lo diré: Colombia tiene que tener futuro, y este año me la juego por quienes, aun con sus contradicciones, son capaces de construir desde la diferencia.
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