El momento de Paloma

Es frecuente, en conversaciones con algunos amigos, que me digan que la candidatura de Paloma Valencia es poco menos que el regreso del uribismo, e incluso del mismo Álvaro Uribe Vélez al gobierno por interpuesta persona. A ver: aunque personalmente pienso que eso no es del todo cierto, tampoco les resto razones a quienes, predispuestos o no, lo afirman. Porque sí, es verdad que bajo el padrinazgo de Uribe se han erigido gobiernos que lo invocan como figura faro, como guía del horizonte del quehacer del Ejecutivo.

Uribe ha sido, tal vez, el político más trascendental de nuestra historia reciente. Puede sonar grandilocuente, teniendo en cuenta nombres como Alberto Lleras, Carlos Lleras, Alfonso López o Juan Manuel Santos. Pero lo cierto es que Uribe es el eje gravitacional de la política colombiana desde que irrumpió en la escena nacional. No hay día en que la agenda no pase, de alguna forma, por su influencia. Pero ese, en todo caso, es otro debate.

Paloma dice de sí misma ser uribista hasta el tuétano y deberle al presidente una lealtad inconmensurable. Pero eso no le resta valor ni brillo propio. Paloma no será —por ahora— la gran figura movilizadora de masas ni la estadista consagrada. Pero sí es una mujer inteligente, formada y con criterio. En el Senado ha sido rigurosa, sensata, juiciosa. Y con el tiempo se ha convertido en una figura refrescante dentro de un partido en el que, para su propio desgaste, han sobresalido más los gritos que los argumentos.

En esta nueva realidad política, donde el viejo bipartidismo fue reemplazado por una polarización asfixiante, resulta valioso reconocer apuestas que privilegian la serenidad sobre la estridencia. Hay en sectores del Centro Democrático —y en figuras como Paloma— una lectura más sofisticada del momento: entender que la sensatez no solo es deseable, sino también políticamente rentable. El dogmatismo, aunque útil en el corto plazo, rara vez construye política de largo aliento.

Pero hay algo más —y aquí está, a mi juicio, uno de los puntos centrales—: la urgencia de una mujer en el poder. Colombia ha sido históricamente conducida por hombres. La política nacional, en sus formas, en sus tonos y en sus prioridades, ha estado marcada por lógicas masculinas de confrontación, de imposición, de verticalidad. Y aunque las mujeres han estado presentes, han sido pocas las veces en que han ocupado realmente el lugar de conducción, de dirección del rumbo.

La representatividad femenina ya no puede seguir siendo un discurso ornamental. Es una necesidad histórica. No por una idea simplista de que las mujeres “lo harían mejor” por naturaleza, sino porque la política necesita otras formas de ejercer el poder: más deliberativas, más incluyentes, menos obsesionadas con la aniquilación del contrario. Necesita, en suma, otra sensibilidad.

En ese sentido, una candidatura como la de Paloma —con todas las discusiones que pueda suscitar— pone sobre la mesa algo más profundo: el momento de que una mujer no solo participe, sino que conduzca. Que no solo opine, sino que decida. Que no solo acompañe, sino que lidere el rumbo de un país que claramente está pidiendo nuevas formas de hacer política.

Por eso, lo que se ha juntado alrededor de Paloma puede ser más trascendental de lo que parece. La presencia de Juan Daniel Oviedo, por ejemplo, introduce matices importantes: un perfil liberal, técnico, que amplía el espectro y acerca sectores que históricamente no han dialogado con esa derecha. Pero más allá de nombres, lo que se empieza a configurar es un intento —todavía incipiente— de construir un acuerdo más amplio frente al clima de tensión que vive el país.

Porque el rumbo es preocupante. La violencia verbal escala rápido hacia la violencia real. La deshumanización del contrario termina, casi siempre, justificando su eliminación. Ya hemos estado ahí. Y repetirlo sería imperdonable.

Por eso Paloma, Oviedo y ese concierto amplio que empieza a tomar forma representan, a mi juicio, una forma de rebeldía frente a esas maneras violentas, mafiosas y envilecidas de hacer política. Una rebeldía serena. Una que no necesita gritar para ser firme. Y quizá —solo quizá— también una oportunidad para que Colombia ensaye, por fin, otra forma de liderazgo: menos ruidosa, más responsable, y, sobre todo, más acorde con el momento histórico que estamos viviendo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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