Cuando era chiquito me gustaba ver videos en YouTube sobre cómo iban a ser muchas cosas en el futuro: los carros voladores, las casas inteligentes, vacaciones al espacio, robots… parecía ver la vida de los Supersónicos, algo impresionante de cómo sería el futuro. Hoy ese futuro se ve obsoleto, tal vez algo infantil e irreal, como si fuera un vidrio mugroso.
Hace unos días estuve vendiendo unos libros usados de mi abuelastro Jaime. Una biblioteca de 3000 volúmenes que estuvo muchos años guardada en cajas. En ella encontré varios libros de historia, política, literatura, agronomía, derecho, economía, arte, algunos de cocina, documentos de todo tipo, maletas y hasta un acta de la ONU de 1968.
Tratamos de salvar todos los libros y documentos que aun tuvieran relevancia, sin embargo, hubo muchos libros que descartar no por el estado que estaban sino por lo obsoletos que terminaron siendo los temas y los problemas que planteaban: Del país antioqueño en el siglo XXI, estrategias para procesos de paz planteadas en los 90, Economía de la agricultura, Pobreza y desigualdad en Colombia-Diagnóstico y estrategias… Todos libros que miraban la realidad social, económica y política del país antes del 2014, año en el que Jaime murió. Cada vez que volvía de organizar esos libros pensaba que no contaban con sucesos como el Proceso de Paz con las FARC de 2016, la pandemia del Coronavirus de 2020, entre otros. Esos papeles, llenos de análisis y de soluciones pensadas en procesos que tuvieron “variables” que nadie consideraba y cambiaron completamente los panoramas, y convirtieron esas visiones de futuro en algo que caducó, conocimiento obsoleto, un montón de futuros suprimidos.
Pensar y proponer el futuro es una apuesta al vacío: una especie de posibilidades que se cancelan constantemente. Pensemos por ejemplo en películas clásicas como Volver al Futuro 2, que pensaba que en 2015 habría aeropistas o papel repelente al polvo, pero no existen elementos tan cotidianos como los celulares y el internet; o en cuentos de Ray Bradbury, que en Crónicas marcianas hablaba de un gran éxodo masivo de la Tierra a Marte en el año 2002 y, más o menos este año el planeta estaba extinto por las guerras.
Tal vez hable aquí de algunas de esas visiones como algo ingenuas por no prever cambios probables que irían a pasar, pero cada propuesta de futuro, cada mirada da pistas, imágenes e ideas para avanzar, para adaptarnos a las realidades a las que podríamos enfrentarnos.
Parece que tenemos miedo hacia el futuro, ya no hay casi visiones optimistas, sino apocalípticas, o simplemente la reflexión por esas “maravillas del futuro” es algo de lo que estamos desconectados, conformándonos con el mundo que ahora tenemos, pensando en futuros peligrosos y desalentadores, distopías prefabricadas como 1984 o El cuento de la criada listas para volverse realidad en cualquier momento.
«El futuro ya llegó, solo que aún no está distribuido equitativamente» dice William Gibson, y parece que es cierto: llegó internet, aparatos como Alexa, las casas inteligentes y las inteligencias artificiales son una realidad, y parece que, como sociedad, nos estancamos en lo que ya vivimos y no pensamos en las posibles realidades por las que podríamos vivir. Pareciera que pensamos en un eterno presente, tratando de darle solidez a un mundo a partir de ideales rancios sin tener una verdadera perspectiva de qué esperamos hacer como futuro, y añorando un pasado irreal que siempre vemos como “mejor” para apoyar a políticos, influencers que despotrican y atacan avances y cambios sociales como el feminismo o la defensa a minorías sexuales, étnicas, etc. Un ejemplo de esto es el miedo por la baja de natalidad desde algunos sectores, que se alborota por este fenómeno, pero no considera las difíciles condiciones por las que pasamos actualmente: guerras, crisis económicas y ambientales, y gobiernos autoritarios que parecen ser cada vez más aceptados. Parecen no entender muchos retos y necesidades a los que debemos enfrentarnos.
Entonces, ¿Cómo podemos proponer visiones de futuro, ojalá más optimistas que nos garanticen altos estándares de vida y de dignidad? ¿Y esto por qué es importante?
Pensar en el futuro no desde la angustia sino con expectativa es, tal vez, una forma de supervivencia, pues es una manera de buscar soluciones ante retos que lleguemos a afrontar, sin tener que sacrificar principios y valores esenciales construyendo un verdadero progreso. Y ojo: al hablar de progreso no me refiero a cambios tecnológicos, pues esos son simplemente cambios, porque no siempre llegan para bien. Al hablar de progreso me refiero a desarrollo en cuanto a dignidad, a respeto, a conciencia social, que en este momento histórico hace mucha falta. Aquí también pueden entrar temas complejos para pensar cómo adaptarse ante las necesidades de la actualidad, como la educación o la economía (temas en los que no opino porque no tengo qué proponer), pero mi invitación, querido lector, es esta: buscar construir un futuro, desde lo que sabemos y conocemos, con esperanza, con expectativa en alcanzar una mayor conciencia de los problemas, pero también de las oportunidades que nos puede dar el futuro en todas las áreas (arte, tecnología, derechos humanos…).
El escritor islandés Andri Snaer Magnason ha hecho activismo ecológico a partir de su obra, y entre algunas de sus declaraciones me llama la atención una donde dice que hemos sido capaces de resolver grandes conflictos a lo largo de la Historia, y que la diferencia con el cambio climático es que lo que nos hace falta para poder actuar bien es el tiempo, por lo que es necesario pensar en el futuro: para darle forma, para reaccionar ante la adversidad, para, como diría Walt Disney, caminar hacia el futuro.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/