Cuando el poder teme perderse: la elección que puso a hablar al Chocó

Las elecciones al Congreso del pasado 8 de marzo de 2026 dejaron algo más que resultados numéricos en el departamento del Chocó. Dejaron al descubierto una tensión profunda entre dos formas de entender la política: la política como privilegio y la política como representación.

El Chocó tiene una particularidad que marca profundamente su dinámica electoral: solo cuenta con dos curules en la Cámara de Representantes. Dos voces para hablar por un departamento históricamente olvidado, dos espacios para defender un territorio que ha sido resiliente frente al abandono estatal, la desigualdad y la falta de oportunidades. En un escenario así, cada elección no es solo una disputa partidista; es, en realidad, una decisión sobre quién tendrá el privilegio —y la responsabilidad— de representar la dignidad de todo un pueblo.

Estas elecciones volvieron a confirmar algo que el país debería entender mejor: el Chocó sigue siendo, en esencia, un departamento liberal. El triunfo del Partido Liberal en la votación reafirma una identidad política que no nace de coyunturas pasajeras, sino de una historia larga, profundamente ligada a las banderas que alguna vez enarboló Diego Luis Córdoba, uno de los líderes políticos más influyentes que ha tenido el departamento. Sin embargo, también es cierto que ese liberalismo hoy convive con una contradicción: mientras el pueblo sigue creyendo en las ideas, muchos de sus dirigentes han contribuido a desdibujarlas.

Durante años, las dos curules del Chocó han sido ocupadas por figuras que no siempre han sabido entender lo que es estar a la altura de lo que el departamento necesita. El Congreso, que debería ser el escenario donde se defienden con firmeza los intereses regionales, muchas veces se convirtió en un lugar de silencios incómodos, ausencias injustificadas y debates que nunca se dieron de cuenta de la muy cuestionable representación que ha tenido el departamento.

Por eso, lo que ocurrió en esta elección tiene un significado político mayor del que algunos quieren admitir.

Dentro del mismo Partido Liberal emergió con fuerza el llamado voto de opinión. Y lo hizo alrededor de un nombre: Omar Francisco Vidal, un líder oriundo de Bahía Solano, exalcalde de su municipio y con una trayectoria en el servicio público departamental que le ha permitido construir algo que hoy parece escaso en la política: legitimidad basada en el conocimiento y la preparación.

No se trata únicamente de una votación alta. Se trata de lo que esa votación representa. Muchos chocoanos vimos en él a alguien que habla con solvencia sobre lo público, que entiende el Estado y que transmite algo que pocas veces se siente cuando se escucha a un dirigente: orgullo.

Porque sí, el orgullo también importa en política.

Importa que cuando alguien del Chocó intervenga en el Congreso, el país escuche a una voz que represente con dignidad la inteligencia, la capacidad y la historia del departamento.

Sin embargo, lo que vino después de la elección también revela otra cara de nuestra política.

A pesar de que el Partido Liberal obtuvo la mayor votación y de que Omar Francisco Vidal fue el candidato más votado dentro de esa lista —con una diferencia por encima de los 8.000 votos frente a quien ocupó el segundo lugar—, se desató una ofensiva jurídica durante el escrutinio departamental. Más de 300 reclamaciones fueron presentadas bajo el argumento de buscar la “verdad electoral y la transparencia”

La transparencia electoral siempre debe defenderse. Pero en política también hay gestos que hablan por sí solos.

Resulta, por decir lo menos, paradójico que quienes durante años ocuparon una curul en el Congreso sin protagonizar grandes debates por el Chocó, sin alzar la voz con contundencia frente a los problemas estructurales del departamento, hoy aparezcan con una energía desbordante para disputar una credencial que las urnas ya habían definido.

Después de todo el proceso electoral, conversé con el ganador de la contienda en el Partido Liberal sobre lo que había significado esta experiencia. Su reflexión fue tan sencilla como contundente: “durante años, muchos de quienes tuvieron el poder de representar al departamento guardaron silencio cuando más se necesitaba que hablaran. Hoy, cuando ese poder está en disputa, descubren la importancia de tener voz.”

La pregunta que surge entonces es inevitable:
¿Por qué tanto miedo de perder el poder?
Y más importante aún: ¿para qué se utilizó ese poder durante todo este tiempo?

El problema de fondo no es solo electoral. Es político, pero también moral.

Porque lo que está en juego no es un nombre en una credencial. Lo que está en juego es la posibilidad de que el Chocó tenga representantes que realmente entiendan el peso histórico de ocupar una curul en el Congreso siendo la voz de un territorio que ha sido tantas veces ignorado.

Cuando un departamento como el nuestro decide apostar por un liderazgo preparado, con visión y con capacidad de defender lo público, lo mínimo que debería ocurrir es respetar esa voluntad.

El miedo a perder el poder, muchas veces, revela algo más profundo: que el poder nunca se ejerció pensando en la gente.

Tal vez esta elección no solo marque un cambio en quién representa al Chocó, sino también en la forma en que el departamento quiere ser representado. Y si algo quedó claro en estas urnas es que cada vez más chocoanos están cansados de la política que se acostumbra al cargo, pero se olvida del pueblo.

Quizás por primera vez en mucho tiempo, el debate no es solo quién gana una curul, sino qué tipo de liderazgo merece el Chocó.

Y esa, en realidad, es la discusión que el país debería estar observando.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/

4.5/5 - (2 votos)

Compartir

Te podría interesar