El centro al borde de la intrascendencia    

Una de las principales promesas de la democracia es enmarcar la disputa política, lograr tramitar el conflicto evitando que desemboque en violencia, en eliminación del contrincante. Las democracias modernas, cuando llegan a un estado de madurez suficiente, permiten los clivajes y las alternancias de poder. De manera reciente, el sistema político colombiano ha sufrido una transformación profunda por cuenta de la victoria electoral de una posición ideológica históricamente disidente.

La contienda por ser gobierno se modificó a partir de este hecho. Los bandos más a las orillas tomaron forma discursiva reivindicando mucho más su condición de borde. Los políticos se sumergieron en narrativas que privilegian, aún más que nunca, la enunciación desde el choque, desde lo irreconciliable. La lucha de clases— que estaba matizada por un discurso de convergencia y progreso lento pero sostenido— hizo erupción. El denominado país de los nadies se plantó en el centro de la agenda electoral.

En esa política de la orilla, esa expresión más bien espectral que llamamos el centro en Colombia, naufragó. Y no es que su proyecto estuviera atravesando el Atlántico a toda marcha, pero la hondura de la división reciente hizo mucho más difícil su camino. Mientras los bandos a la derecha y a la izquierda hablaban con la claridad que permite la narración de un “nosotros” y un “ellos” que se enfrenta, el centro decidió, otra vez, privilegiar el fetichismo de la forma. Volvió a hablar de lucha anticorrupción, de gerencia pública, de cambio serio y seguro, de trabajar de la mano de los mejores. Fue, de nuevo, una expresión política sin una identidad fuerte ni una capacidad amplia de movilización.   

La desigualdad y la lucha contra la pobreza— que han sido agendas importantes de los gobiernos de centro— no lograron articularse con la suficiente fuerza como discurso proselitista. Incluso la educación pública, que en su momento fue una arenga muy utilizada en campaña, no fue esta vez un tema muy enunciado. La falta de una narrativa propia que apelara a los imaginarios populares volvió a ser una característica del centro.

A la cuestión discursiva se le suma la imposibilidad de las alianzas, de convertirse en un bloque cohesionado que no se diluya en liderazgos dispersos y con poca fuerza. El centro político hoy es un llanero solitario. Las experiencias desafortunadas en el pasado pueden haber precipitado esta decisión del juego individual. Y ese camino parece estar teniendo consecuencias negativas en sus aspiraciones de poder, de acuerdo con las más recientes encuestas. 

Si en mayo se confirma lo que anticipan los sondeos, aparecerá seguramente la conversación de la renovación del liderazgo de centro. Ese relevo deberá considerar la pertinencia de establecer unos principios ideológicos claros que puedan convertirse en actos de habla proselitista. La tercera vía, el pensamiento socialdemócrata, el liberalismo social, y la idea de síntesis en general, son lugares naturales de esta perspectiva ideológica desde donde podrían barajar y repartir de nuevo.

Parafraseando a Fernando González Ochoa, al centro le llegó el tiempo de nacer o dejar de ser, porque como están las cosas, parece estar al borde la intrascendencia.    

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/

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