La primera jornada electoral de 2026 transcurrió, en general, en paz. Cientos de ciudadanos pudieron acercarse a las urnas, votar y regresar a sus casas con tranquilidad. En el balance de la jornada no se registraron mayores incidentes relacionados con el orden público. Dada la historia de nuestro país, lo sucedido no es un dato menor.
Sin embargo, la jornada electoral también nos recordó que Colombia aún debe enfrentar formas menos visibles de presión sobre el voto y la libertad electoral. Un dato lo ilustra: se registraron unas 46 capturas por delitos electorales. Además, en distintos lugares del país, se incautaron sumas importantes de dinero en efectivo relacionadas con posibles compras de votos. El desafío, entonces, también es poder votar libremente. Y esto representa algo profundo.
La violencia en tiempos electorales en la historia de Colombia ha sido visible: atentados, amenazas o bloqueos de puestos de votación. Sin embargo, la manipulación del voto suele ocurrir de manera mucho más discreta. Opera a través de redes clientelares, intermediarios políticos, promesas de beneficios o transferencias de dinero. Y no necesariamente se manifiesta el día de las elecciones. Muchas veces ocurre semanas antes, en barrios, veredas o en reuniones políticas, donde el Estado tiene poca capacidad de vigilancia.
Este tipo de prácticas revela uno de los límites más claros de la capacidad institucional. El Estado colombiano ha desarrollado en los últimos años una arquitectura relativamente sólida para garantizar la seguridad de las elecciones. Miles de policías y soldados se despliegan en el territorio y se activan mecanismos de monitoreo para responder rápidamente ante cualquier incidente. Sin embargo, esos instrumentos están diseñados principalmente para enfrentar amenazas visibles al orden público, no para detectar ni prevenir formas más sutiles de presión sobre el voto.
Todo resulta más difícil cuando lo que está en juego es la economía política del voto. Las redes de compra de votos no operan con fusiles ni con bloqueos. Funcionan mediante relaciones sociales y políticas que se construyen durante años en los territorios. Son estructuras locales, muchas veces informales, que conectan a candidatos, intermediarios y votantes mediante intercambios que rara vez dejan evidencia directa. Detectarlas, investigarlas y sancionarlas exige una capacidad estatal más robusta.
Por eso, el contraste que dejan estas elecciones merece atención. Colombia ha avanzado significativamente en la reducción de la violencia electoral. Pero eso no significa que el proceso democrático esté completamente blindado frente a otras formas de presión o manipulación. La tarea pendiente del Estado es garantizar que la voluntad electoral de los ciudadanos no se condicione ni se distorsione en el marco de la competencia electoral. De esto ya deberíamos saber bastante los colombianos, pues estos desafíos a la democracia no son nuevos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/cesar-herrera-de-la-hoz/