Este domingo Colombia vuelve a votar. Antes de que empiecen los análisis sobre mayorías en el Congreso, alianzas o derrotas, hay algo más básico que muchos esperamos: que todo salga bien.
Que los puestos de votación se abran a las ocho en punto. Que los jurados estén en sus mesas. Que en ningún municipio haya que trasladar urnas por razones de seguridad. Que los ciudadanos puedan acercarse a votar sin presiones, sin amenazas y sin la sombra de los violentos sobre la jornada.
Puede sonar obvio, pero en Colombia la relación entre las elecciones y la seguridad nunca ha sido trivial. Durante décadas las campañas se han desarrollado en medio de intimidaciones, en territorios donde hacer política es peligroso y en lugares donde simplemente no es posible votar con libertad. Ha habido candidatos asesinados, comunidades presionadas y procesos electorales marcados por el miedo.
Por eso cada elección sigue siendo una prueba para el Estado. Una prueba de si puede garantizar algo elemental para cualquier democracia: que la disputa política se resuelva en las urnas y no bajo presión o intimidación.
La seguridad electoral va mucho más allá del despliegue de uniformados el día de las votaciones. Supone que ningún grupo armado o estructura criminal interfiera en el proceso político, que el voto de las comunidades no esté condicionado y que las campañas puedan desarrollarse sin intimidaciones. En últimas, que los ciudadanos puedan elegir libremente a sus representantes.
Pero la normalidad democrática no termina cuando cierran los puestos de votación. También esperamos que todo salga bien cuando empiecen los conteos. Que los resultados se anuncien con tranquilidad. Que las diferencias se tramiten a través de los canales institucionales. Que quienes pierdan acepten el resultado sin amenazas ni intentos de deslegitimar el proceso.
Una democracia no se sostiene solo en la posibilidad de votar. También depende de aceptar el veredicto de las urnas. Cuando la derrota se convierte en sospecha permanente o en un llamado a desconocer el proceso electoral, lo que empieza a erosionarse es la confianza misma en el sistema.
Tal vez por eso el deseo más simple para este domingo sigue siendo el mismo: que los ciudadanos puedan votar en libertad, que el proceso transcurra sin interferencias de los violentos y que los resultados se reciban con serenidad. Nada extraordinario. Solo una elección que transcurra como debería.
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