Colombia atraviesa un nivel de degradación política tan profundo que hoy los dos personajes que puntean en las encuestas no representan proyectos de país, sino expedientes. Ambos han orbitado —con mayor o menor descaro— alrededor de estructuras criminales de alcance nacional y transnacional. Uno lo ha hecho bajo el disfraz de Honorable Senador; el otro, con la máscara flexible del abogado que se mueve entre el poder, el delito y la victimización estratégica.
Por ejemplo, los vínculos de Iván Cepeda con las FARC y con gobiernos autoritarios de izquierda están ampliamente documentados y merecen una discusión aparte. Pero el caso de Abelardo de la Espriella es distinto: no se trata de afinidades ideológicas sino de un estilo, de una forma de operar. De la Espriella ha sido abogado, aliado o defensor —según convenga— de narcotraficantes, testaferros y corruptos de alto calibre: Alex Saab, Emilio Tapia y el entramado de DMG son apenas los ejemplos más visibles de una larga trayectoria donde el poder siempre aparece del lado equivocado de la ley.
Y entonces surge la pregunta inevitable, la que incomoda incluso a quienes prefieren mirar para otro lado: ¿en qué momento caímos tan bajo como país para que personajes tan descartables empezaran a parecer presidenciables?
Ahí aparece el concepto que hoy se vende como marca personal: “De la Espriella Style”. Un estilo que consiste en ser tan cínico como sea posible, tan mitómano como resulte creíble y tan descarado como permita la distracción colectiva. No es improvisación: es método. El ‘abogangster’ cordobés domina como pocos el arte de ponerse la máscara adecuada para cada coyuntura, para cada audiencia, para cada negocio.
Su peligro no está en lo que dice, sino en su capacidad camaleónica para decirlo todo sin creer en nada. Un personaje que hoy se presenta como salvador de la patria, mañana como mártir del “establecimiento”, pasado mañana como empresario exitoso y, cuando conviene, como cruzado moral. Nada más riesgoso que un oportunista con micrófono y complejo de redentor.
Su mayor dilema son sus máscaras: saber cuál usar en cada momento del día:
¿La máscara del presunto candidato presidencial?
¿La máscara del político que censura e intimida al periodismo independiente?
¿La máscara del abogado cercano a criminales, pero ofendido cuando se le recuerda?
¿La máscara del político religioso que jamás ha pisado una iglesia sin cámaras?
¿La máscara del hombre de familia tradicional?
¿La máscara del multimillonario de vida “apacible”?
¿O mi favorita: la máscara del empresario universalmente exitoso cuyos emporios financieros acumulan más pérdidas que logros?
Debe ser agotador vivir así. Cambiar de máscara exige disciplina, memoria selectiva y una audiencia dispuesta a olvidar. El “Estilo De la Espriella” nos enseña que, en esta versión degradada de la política colombiana, lo importante no es la coherencia, ni la ética, ni siquiera la legalidad: lo único que importa es saber qué máscara usar en el siguiente movimiento.
Es un estilo de vida donde la cercanía con delincuentes se relativiza, donde la mentira se normaliza y donde el pasado se reescribe cada semana. Un estilo donde la indignación es teatral, la moral es utilitaria y la verdad apenas un obstáculo narrativo.
El problema no es solo De la Espriella. El verdadero problema es el país que empieza a tolerar —e incluso a aplaudir— este style. Porque cuando la política se convierte en espectáculo y la criminalidad en anécdota, lo que está en juego no es una candidatura: es comprobar cuántas máscaras más está dispuesta a ponerse Colombia antes de dejar de reconocerse frente al espejo.
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