Para verdades, el tiempo, dicen unos; la justicia cojea, pero llega, advierten otros. Frases hechas que sintetizan los juicios históricos anhelados por personas y sociedades que han sido oprimidas por déspotas y tiranos. Las condenas –hasta ahora sociales, morales y simbólicas– de Maduro y Uribe ilustran cómo, tarde que temprano, ambos deseos pueden cumplirse.
La inminente condena legal de Maduro es cuestión de días. Su caso está suficientemente ilustrado y apoyado internacionalmente; su condena social es casi unánime, entre los que me incluyo, sin titubeos. Más allá de la doble moral de sus captores y de la forma de hacerlo, había hecho todos los méritos para forjarse su jaula de hierro. No se necesita ser juez para corroborar sus vínculos con el narcotráfico, las narcoguerrillas, la corrupción, la violación de los derechos humanos, el maltrato a la oposición, el robo de elecciones y de que fuera un dictador en un país supuestamente democrático.
Está en el lugar histórico que se merece un tirano como él, la cárcel, después de tanto mal que les ha hecho a sus compatriotas y al mundo. Contrario a lo que hizo con muchos de sus opositores, le deseo, como a todo ser humano, un trato digno y un juicio justo, aun en cautiverio.
En el anverso de la misma moneda se encuentra Álvaro Uribe, a quien la justicia legal y mediática colombiana ha tratado con indulgencia, mientras el llamado “estado de opinión” le ha servido como blindaje. Esta comparación entre déspotas incomoda la narrativa uribista que predomina en el país, pero no es arbitraria: las diferencias son más de forma que de fondo.
Allende de lo que dictaminan los tribunales y cortes, son fehacientes los indicios sobre su connivencia con el narcotráfico, la promoción del paramilitarismo, la corrupción sistemática –probada y penalizada en sus funcionarios más cercanos, que no siempre actuaron a sus espaldas, como dice–, el desprecio por los derechos humanos, la persecución y criminalización de sus opositores, su reelección espuria y su interés de perpetuarse en el poder, propio de un talante dictatorial y lejos de uno democrático.
Mientras Maduro se involucró y lucró directamente de diversas estructuras criminales, Uribe se aprovechó de ellas para llegar al poder y conservarlo, como lo han documentado, durante décadas, numerosas investigaciones en las cortes y publicaciones de todo tipo, entre ellas la Biografía no autorizada de Álvaro Uribe Vélez (2002), escrita por Joseph Contreras y Las comadres de la parapolítica (2008) de Juan Carlos Giraldo.
Sin estar en la cárcel ni condenado en última instancia por las autoridades, porque ha tenido la ventaja de estar en “el lado correcto de la historia”, Uribe purga ya algunas penas. “El señor de las sombras”, como lo puso el mismo Contreras, se enfrenta hoy a sus propias sombras.
Aun en casos en los que la ley no los juzga, Uribe vive condenado a demostrar su inocencia y la de algunos de sus familiares más cercanos. Explicación no pedida, acusación manifiesta, dirían en el argot popular. Por eso ya no habla ni trina, sino que vocifera. Insólito que el expresidente más querido por sus compatriotas, elegido como “El Gran Colombiano”, según una votación hecha por History Channel en 2013, destile cada vez más odio y rencor en sus manifestaciones públicas.
Uribe está condenado también a perder paulatinamente lo que más ama, el poder. Al querer hacer del Centro Democrático más una secta que un partido, donde es el mesías y el profeta a la vez, no promovió liderazgos fuertes sino un séquito de acólitos y áulicos que le sirven como comité de aplausos. Olvidan él y sus admiradores que la calidad de un líder la define en buena parte las personas de las que se rodea y los sucesores que forme, no la obediencia incondicional, que es lo que premian los autoritarios.
Ahora podría poner presidente, gracias a un clima político mundial que favorece a las derechas, a un Estados Unidos de Trump que las promueve y premia, a un país tan godo como el nuestro, y a las torpezas que ha cometido Petro. Sin embargo, no tiene candidato viable a la presidencia. Salvo una sorpresa de última hora, va a tener que adherir, sin escrúpulos, a quien le ofrezca, hasta donde sea posible, inmunidad personal y familiar.
En suma, todo sugiere que en las próximas elecciones Uribe está condenado a ceder poder a cambio de impunidad.
No quisiera ver a Uribe en la cárcel como a ningún ser humano. Pero, ante todo, deseo justicia para todos los colombianos violentados por él. Si tuviera la humildad de reconocer sus errores y delitos y someterse a una justicia restaurativa, sería el primero en apoyar la decisión. Si, al contrario, se empeña en que la mejor defensa es un buen ataque y sigue ultrajando y abusando de su impunidad, que reciba un castigo ejemplar, como Maduro, una cárcel, digna también, por supuesto.
Y suponiendo que la justicia estatal o “transnacional” (como la que le tocó a Maduro) no lo alcance, y continúe gozando de la protección social, mediática y judicial que ha tenido, Uribe vivirá condenado por su conciencia, que es el verdadero infierno: no son los otros, como decía Sartre.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/