Hace treinta años mencionar a Pablo Escobar en Medellín era bajar la voz, cambiar de tema o callar. El narco era la vergüenza colectiva, la mancha que lavábamos en silencio. Hoy los turistas lo buscan en TripAdvisor como la atracción número uno —duplicando y triplicando en reseñas cualquier otra actividad de la ciudad—. ¿Cuándo pasó que lo que nos avergonzaba se volvió motivo de orgullo?
Tenemos el relato perfecto del resurgimiento y lo repetimos como oración: Metrocable, bibliotecas-parque, innovación, flores, startups, “la ciudad más educada”. Esa es la Medellín que nos enseñaron a vender y que nos contamos para dormir tranquilos.
Pero la realidad es otra: nuestro mayor atractivo turístico y cultural sigue siendo la misma cicatriz que juramos haber cerrado.
Los tours narco, la casa donde lo mataron, los grafitis del Patrón, los bares “Cartel”, las camisetas con su cédula, las fotos en las comunas “donde todo empezó” es lo que el mundo viene a ver y lo que paga mejor que cualquier museo o festival.
Y lo que duele reconocer es que nosotros, los locales, adoptamos la narcocultura, la normalizamos y la abrimos al mundo como la casita de Mickey Mouse del paraíso de Pablo Escobar. Vienen a vernos: a las mujeres operadas que se lucen todas igualitas, como medallas, a las fiestas descontroladas que se graban y se viralizan, a la droga que circula sin disimulo y, en los rincones más oscuros que todos conocemos y nadie denuncia, al acceso fácil a la prostitución y hasta a la explotación sexual de menores. Todo eso forma parte del paquete. Y nosotros, sin querer admitirlo, somos el espectáculo.
La plata que todos ven y nadie pregunta, el cuerpo esculpido en quirófano, la obsesión con la imagen y la estética, la camioneta que no cabe en nuestras calles ni en nuestros sueldos, las marcas que gritan, las mesas llenas en restaurantes de lujo… Lo que en los ochenta y noventa identificaba al narco hoy es nuestro ideal de éxito.
Ya no se esconde: se presume. Ya no se rechaza: se anhela. Ya no se critica: se aplaude. Se volvió aspiracional. Se volvió identidad.
Por eso la doble moral nos queda enorme: juramos que superamos el estigma y luego lo convertimos en nuestro principal producto de exportación.
Yo tampoco estoy afuera del espejo.
Esa doble moral también vive en mis prejuicios, en mis silencios, en las conversaciones donde critico y luego aplaudo.
Porque al final no es solo de la ciudad: es mía. Es nuestra.
Y pesa toneladas cuando la veo en mi propio reflejo.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/