Para escuchar leyendo: Rin rin, El Kanka.
Pero mirá la falta que hacés, metro querido. Un daño que podría parecer mínimo, entre dos de tus estaciones, nos tiene a toda la ciudad convertida en un caos insoportable que, junto a la lluvia impactante de una primavera contaminada, le amarga el día a día a más de uno y le hace temer lo peor a muchos otros. No hay duda: te extrañamos. Extrañamos tu puntualidad, tu limpieza, tu promesa de orden en medio del ruido. En pocas horas, tu ausencia nos recordó lo que significás: un símbolo de confianza colectiva, de lo que Medellín puede lograr cuando se piensa en grande, con visión y con técnica.
Y por eso, lo primero debe ser un agradecimiento. A las y los trabajadores del Metro, que han sostenido con esfuerzo y cariño una infraestructura que lleva tres décadas sirviendo a millones. A quienes, con casco y chaleco, día y noche, enfrentan la emergencia para devolvernos ese pulso que mueve el valle. Gracias también a los equipos de las Alcaldías, al Área Metropolitana y a las empresas de transporte que, con rutas improvisadas y trabajo solidario, han buscado aliviar el impacto del colapso. En medio del caos, hay una Medellín que todavía se mueve gracias al compromiso de su gente.
Pero esta crisis no puede verse solo como una falla puntual. Es la oportunidad —y la urgencia— de pensar a fondo el Valle de Aburrá. No basta con reparar los rieles o reforzar una estructura: hay que repensar la relación entre movilidad, territorio y agua. El metro, los buses, los cables, los carros, las bicicletas y hasta los peatones compiten cada día en un valle que ya no da más. Lo que está en juego no es solo cómo nos movemos, sino cómo vivimos.
Por décadas, Medellín se desarrolló dándole la espalda a su río y a sus quebradas. Las tapamos, las canalizamos, las contaminamos, creyendo que eran el patio trasero del progreso. Hoy pagamos esa desconexión con inundaciones, contaminación y un paisaje urbano que perdió su equilibrio. El colapso del metro, justo al lado del río, debería servirnos de espejo: el agua y la movilidad no son temas distintos, son parte de una misma conversación.
Necesitamos proyectos de gran aliento, de esos que se piensan para medio siglo y no solo para una administración. El Valle de Aburrá requiere una visión integral que una la movilidad sostenible con la gestión del riesgo, el ordenamiento territorial y la restauración ambiental. Hay que dejar de “parchar” y comenzar a planear con el río al centro. Imaginemos un futuro donde el corredor del río Medellín no sea solo un eje de transporte, sino un sistema ecológico y urbano que nos conecte de verdad: con espacio público, corredores verdes, tratamiento de aguas y transporte limpio.
Y en ese sueño, hay una institución que debería volver con toda su fuerza: el Instituto MiRío. Ese proyecto, nacido con la intención de devolverle vida y sentido al río, se apagó en medio del vaivén político y de la falta de continuidad. Hoy, más que nunca, se necesita un MiRío fuerte, técnico y autónomo, capaz de liderar la articulación entre municipios, empresas públicas, universidades y ciudadanía. El río Medellín no es solo de Medellín: es de todo el valle, y su cuidado exige una gobernanza metropolitana robusta, sostenida en la ciencia, la participación y la planificación a largo plazo.
La crisis del metro debe ser el punto de partida para una conversación mayor: ¿qué tipo de valle queremos habitar en los próximos treinta años? Si seguimos pensando por pedazos —una línea aquí, un puente allá, un interceptor más— seguiremos atrapados en soluciones temporales. Si, en cambio, asumimos el reto de repensar el valle desde el agua, la movilidad y la equidad, podríamos volver a hacer historia.
Porque Medellín ya lo hizo una vez. Lo hizo cuando construyó su metro contra todo pronóstico, cuando transformó barrios con cultura y arquitectura pública, cuando apostó por lo social en medio de la violencia. Podemos hacerlo de nuevo. Pero esta vez, el desafío no es subir la montaña: es reconciliarnos con el río que corre por el fondo. ¡Carajo, que somos capaces! Volvamos a soñar con cosas grandes, volvamos a hacerlas realidad.
¡Ánimo!
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