Yo quisiera tener un hijo

Yo quisiera tener un hijo para mostrarle que el mundo también querría volverlo cómplice de la injusticia. Pero que, como tantos que lo antecedieron, él podría escoger un camino diferente.

Mucho antes de que pudiera formar criterio y ejercer cualquier tipo de autonomía, él entendería que partió de mí, que fue mi cuerpo, el de una mujer, el que lo mantuvo con vida y con la barriga llena durante esos primeros meses. Él sabría, sin tener aún pensamiento crítico, que, así como supuestamente Eva salió de la costilla de Adán, su vida empezó en el útero mío. Nunca se le olvidaría que su vida empezó con una mujer que tiene control sobre su cuerpo.

Después, creo que vería mi cara como una de las pocas cosas identificables en el mundo. Y sería yo quien, en ese momento entre el gateo y los primeros pasos, le enseñaría que las cosas no se tiran, que a la gente no se le pega, que la fuerza sí se puede medir. Es a esta edad, de hecho, que el ser humano empieza a comprender qué está bien y qué está mal. Y, espero que así sea, gracias a su papá también podrá empezar a imaginar qué podría hacer él, chiquito, al respecto.

Mi niño, entre los 19 y los 24 meses, empezaría a percibir la injusticia. Y desde los seis meses ya habría preferido, en sus juegos, los muñecos que ayudan a los demás.

Entonces no me vengan a decir que los siete de Cornell, ni los más de 50 que leyeron el chat, no sabían que lo que pasaba estaba mal.

De los cimientos de esta niñez temprana es que puede o no florecer un ser humano digno de lo que quiero sea mi hijo. Más adelante, él tendría la opción de jugar fútbol o bailar ballet, podría pintar con flores recogidas del jardín de sus abuelos, y, puesto que crecerá rodeado de animales, respetaría la vida de todos los seres del planeta. Sabrá que no muchos de sus compañeros lo hacen.

Tendría parejas, lloraría rupturas, aprendería sobre sus pasiones, y, ojalá, llegaría a la universidad. Y allí, donde sea que termine estudiando, espero tendría la valentía para denunciar las injusticias, los abusos de poder y los malos tratos que se encuentre. Y sí que se los encontraría.

Él sabría que haber nacido hombre significó que, ante los ojos del mundo, su palabra vale más. Que su autonomía seguramente sería salvaguardada y que tiene un privilegio que yo no tuve a su edad, ni sus abuelas tampoco. Y, espero, sabría utilizarlo para el bien.

Yo quiero tener hijos. Y, específicamente, quiero tener un niño para que después crezca y se convierta en el hombre que siempre he querido ver en el mundo.

Aquel que no necesite tener una hija para ayudar a cerrar la brecha de género. Según lo reportó The Economist, cuando un jefe hombre tiene su primera hija mejoran las dinámicas laborales, se reducen las brechas salariales, y cambian los procesos de contratación.

Aquel que no necesite conocer a una mujer antes de respetarla, que no necesite tener una hija para entender, desde el alma, que el feminismo con el que creció no fue inventado porque sí, sino como respuesta a lo que vivimos nosotras todos los días de nuestras vidas.

Quisiera que él no necesitara una esposa, una novia, o una hija para darse cuenta de que la tiene más fácil que ellas. Que no desmerite la lucha de la que su mamá hizo parte, porque sabría que el feminismo lo compete a él tanto como me compete a mí. Que nunca diga que no son todos los hombres, porque no se sentiría ofendido por la rabia frente a la desigualdad. Él sabría que no son todos, pero sí son muchos. Y que eso es suficiente para indignarse.   

Él crecería con el tuétano feminista, después de todo. Su mamá le contaría de sus experiencias, y de las de muchas otras.

Le hablaría, por nombrar algunos casos de los últimos 10 años, de Chanel Miller, violada por el nadador Brock Turner en Stanford en 2015, a quien durante años los medios solo conocieron como Emily Doe. Hoy, Chanel tiene un libro, Tengo un nombre.

De Virginia Giuffre, víctima de Jeffrey Epstein, acusadora de Andrés Mountbatten-Windsor y activista contra la explotación sexual, quién murió por suicidio el año pasado. Antes de que se desclasificaran los archivos Epstein que validarían, ante los ojos de los escépticos, su versión.

De Gisèle Pelicot, la francesa de 73 años que dijo que la vergüenza debía cambiar de mando mientras enfrentaba en juicio a su esposo, que durante una década la drogó para violarla y para invitar a decenas de hombres a hacer lo mismo.

De Ana Lucía González, una niña venezolana de 8 años cuyo cuerpo fue hallado el 14 de septiembre en una alcantarilla en Bogotá. La Fiscalía le imputó feminicidio agravado y acto sexual con menor de 14 años a la expareja de su hermana, quien presuntamente se la llevó tras una pelea.

Y, por supuesto, de Jane Doe, exestudiante de Cornell que en octubre de 2024 fue drogada y violada durante horas por siete miembros de la fraternidad Chi Phi, según la demanda que presentó este mes. Esa noche, uno de ellos escribió en el chat grupal de la fraternidad “Coño gratis en el piso de arriba.” Y nadie, ninguno de los otros 50 estudiantes en ese chat, hicieron algo por ayudarla.

En pleno 2026, estos siete hombres siguen libres. La Fiscalía gringa decidió no llevar el caso más lejos en 2024, y solo lo reabrió hace unos días, cuando la demanda ya la conocíamos todos. Cornell expulsó a dos. A los otros se les castigó con suspensiones y ensayos, respondiendo a una reflexión sobre qué habían hecho mal. De los cómplices que leyeron el mensaje no sabemos nada.

Mi niño vería el patrón. Cualquiera puede hacerlo. ¿O usted no?

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/

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