Medellín, sin duda, está de moda. El problema es que, por definición, la moda es pasajera. Puede durar lo que dura un trend, un verano, un año, una década. Se estima, por ejemplo, que hoy una canción de una de las grandes estrellas de la música puede durar, como mucho, dos meses en el top 50 de Spotify.
El efecto Medellín, en buena medida, es consecuencia del éxito de sus artistas. Las canciones de Karol G, J Balvin y demás sobre la ciudad han sido la mejor expresión de una nueva narrativa urbana. Ese ritmo animado y pegajoso acompañado de algunas letras sugestivas también puede traer sus efectos negativos, porque —como toda narrativa— puede ser parcial, ficticia o, simplemente, contraproducente para los intereses colectivos de la ciudad porque terminará siendo un imán de externalidades negativas.
Medellín corre el riesgo de convertirse en una mera escenografía para extranjeros, donde los problemas locales se barren bajo la alfombra de la pauta institucional. Medellín pareciera que se quedó con los conciertos, pero empieza a perder protagonismo en una oferta turística cada vez más competida en el mundo.
En el país durante el 2025 los visitantes no residentes disminuyeron un 15% frente al mismo periodo de 2024; tendencia que se mantiene en los primeros meses de este año. En Medellín las cifras oficiales también muestran un estancamiento en cuanto a los visitantes no residentes frente al año pasado.
Solo piensen qué podría pasar con que los turistas empiecen a disminuir con la misma velocidad con la que empezaron a llegar desde el año 2020. Qué va a quedar cuando a Medellín el turismo vuelva a su lugar: unas imitaciones de esculturas de otros orígenes, restaurantes pomposos y una oportunidad perdida. Pero, también, unas cicatrices entre quienes se vieron obligados a abandonar el barrio en el que crecieron por la carestía.
Ese boom vivido en los últimos años se ve hoy reflejado en la oferta de cuartos de hotel que supera, por mucho, el número de proyectos de interés social que hay en la ciudad.
Cuando el turismo empieza a mostrar sus primeros signos de agotamiento es momento de recordar que el éxito —como el fracaso— no son para siempre. A lo mejor es tiempo de reconocer que en este renglón económico no está la redención como ciudad. Más bien, hay que seguir haciendo esfuerzos para construir en Medellín un proyecto ciudadano de largo plazo y no solo el set para la foto del extranjero.
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