Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía

Este título pertenece al performance Un violador en tu camino, realizado por el colectivo Las Tesis en Chile y que luego fue replicado en otros países. Muchas mujeres ya lo tararean y ojalá cada día se amplifique más porque lo que enuncia es precisamente aquello que Gisèle Pelicot nos enseña: que la vergüenza tiene que cambiar de bando.

Jineth Bedoya, periodista colombiana, víctima de secuestro, tortura y violación sexual por parte de los paramilitares, también nos da lecciones: ¡no es hora de callar! 

En las últimas semanas, a raíz de las denuncias de acoso que varias mujeres periodistas han expuesto, hay un común denominador: ni hombres ni mujeres nos sorprendimos. Nos enseñaron que así era, que los hombres son así, que normal, que qué tiene de malo ser “cariñoso”. Que “nolihace” … ¡pero sílehace!

Hoy sabemos que ese malestar que sentimos muchas, que esas intuiciones, que el miedo, que el maltrato tienen nombre: acoso. Entonces, varios puntos para revisar:

Lo primero es que el acoso no ocurre condicionado por la orilla ideológica, si se es de izquierda o de derecha. El acoso es una manifestación del poder en cualquier ámbito. Quienes acosan lo hacen porque saben cuál es su lugar en la jerarquía y consideran que esa potestad les autoriza para usurpar el espacio personal, el cuerpo y la dignidad de las jóvenes subordinadas.

Y esto implica un altísimo nivel de impunidad, porque el poder (político, económico, simbólico) crea condiciones para que el acoso se cobije con el silencio cómplice de otros acosadores. Entre ellos se conocen, saben que tienen rabo de paja y por eso se tapan y peor, se celebran.

Si duda de que esto pasa por la posición de poder, pregúntese si esos hombres que hoy están señalados se comportarían igual con una mujer si esta fuera su jefe: allí aquello de “solo soy cariñoso” o “solo era un chiste” se cae. 

Lo segundo es que esto trasciende el escándalo momentáneo y la indignación. El acoso, el abuso, son estructurales y en la inmensa mayoría de las veces está acompañado de otro silencio: el de la víctima. Este silencio ocurre por temor a represalias del poderoso, por pensar que si habla no le van a creer, por la alta posibilidad de ser revictimizada en un proceso judicial.

Si duda de nuevo, revise en su historia familiar, con seguridad encontrará alguna mujer trabajadora que fue víctima de su patrón y que entonces no pudo decir nada. El modelo se repite: quien paga el costo es la mujer subordinada.

Lo tercero es que el acoso y el abuso están tan normalizados porque quienes los ejercen no han tenido que afrontar consecuencias reales. El sistema judicial aún no sabe cómo afrontar las violencias basadas en género y las víctimas terminan, como en el caso de Lina Castillo, castigadas por denunciar. O como Jineth, que además de todo, también padeció un sistema de justicia incapaz y negligente.

Se repite: «El patriarcado es un juez/ Que nos juzga por nacer/ Y nuestro castigo/ Es la violencia que no ves…»

El problema, al final, no solo es quién acosa, sino por qué puede hacerlo: poder, silencios, normalización, sistema judicial insuficiente… Pero, no nos cansaremos:

Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía
Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía
Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía
Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-antonia-rincon/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar