En menos de dos semanas se define el Congreso. En tres meses, la primera vuelta presidencial. Y en ese calendario acelerado hay una ausencia que ya no sorprende: el centro político no fue y, en el corto plazo, no será protagonista. No porque el país no lo necesite, sino porque el propio centro decidió extraviarse en una versión cómoda, tibia e irrelevante de sí mismo.
La situación es preocupante. El centro se perdió en el tiempo. Fue incapaz de adaptarse a las nuevas demandas sociales, a la velocidad emocional de la conversación pública y a una ciudadanía que ya no se conforma con discursos técnicamente impecables pero políticamente inertes. Hoy, por absurdo que parezca, defender la democracia es insuficiente. Invocar la sensatez, las instituciones y los “valores republicanos” suena correcto, pero abstracto. Y lo abstracto no moviliza.
La política contemporánea no solo exige soluciones; exige sentimientos. La gente quiere certezas, pero también quiere épica. Quiere datos, pero también quiere relato. Quiere reformas, pero también quiere identidad. En ese terreno, los extremos entendieron algo que el centro despreció: en tiempos de ansiedad colectiva, quien no emociona, desaparece.
Vivimos en una encrucijada permanente. Elección tras elección, el país parece condenado a escoger entre el más malo y el peor. La racionalidad se volvió un lujo escaso en medio del ruido constante. Pero esta columna no quiere convertirse en un muro de los lamentos. La autocompasión es tan estéril como la tibieza. Si el centro político quiere sobrevivir tendrá que abandonar su obsesión por parecer equidistante y asumir una identidad más combativa. No un centro acomplejado, sino un centro combativo. Dejar de ser un punto medio aritmético entre extremos, y convertirse en una defensa radical de la libertad.
Y comparto punto por punto la columna de “El Extremo Centro” cuando señala que esta corriente ideológica debe aferrarse a los valores más fuertes del liberalismo político para tener la capacidad de acorralar a la extrema izquierda y a la extrema derecha en su propia farsa, en su propia locura. Los fanáticos gritan todos los días y no podemos pretender que el centro sea un actor pasivo que, por obra y gracia del Espíritu Santo, será redescubierto como la opción sensata cuando el país se canse del caos. La política no premia la espera contemplativa sino la capacidad de ir al frente y ganar la batalla.
Hoy la precariedad del centro es tan evidente que conecta más un personaje desbordado como Edwin Brito, alias “Pechy Players”, que cualquier dirigente que se autodenomine de centro. Es un síntoma cultural. La estridencia tiene más audiencia que la ponderación. Y el centro, atrapado en su obsesión por no incomodar a nadie, terminó por no entusiasmar a nadie. ¿Cuántos cuatrienios faltarán para que el centro sea una opción real a nivel nacional? Esa pregunta no depende del calendario, sino del carácter. No se trata de esperar el desgaste de los extremos, sino de construir una narrativa propia que conecte con el malestar ciudadano sin traicionar principios.
El centro no puede seguir refugiado en la idea de que basta con ser “razonable”. La moderación, por sí sola, ya no alcanza. Necesita valentía para dar la pelea en el espacio público, disputar no solo el terreno de las ideas sino también el de las identidades y las emociones. Debe comprender que defender la democracia no consiste en recitar principios abstractos, sino en asumir con claridad y firmeza la confrontación frente a quienes la erosionan, vengan de la derecha o de la izquierda.
Por eso me ratifico en la defensa del “extremo centro”: un centro que asuma sin complejos el costo de ser claro, emocional y contundente. Mientras no lo haga, seguirá reducido al papel de espectador ilustrado en una disputa que otros libran con mayor determinación. El centro no está muerto; está instalado en la comodidad. Y en tiempos de polarización, la comodidad no es prudencia: es la forma más sofisticada de la irrelevancia.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/