Muchos se preguntarán qué diablos podría tener en común Gustavo Francisco Petro Urrego, presidente de Colombia, con Luis Fernando Villa Álvarez, más conocido como Westcol, uno de los streamers más famosos del habla hispana.
A primera vista, compararlos podría sonar a chiste. Sin embargo, si miramos el asunto con algo más de profundidad, aparecen puntos de encuentro. La realidad de la comunicación ha cambiado: pasamos de la radio y la televisión como fuentes casi únicas de información a una escena en la que múltiples redes sociales se disputan el número de usuarios para ganar relevancia en lo que podríamos llamar el nuevo mercado de la comunicación.
Con este panorama es natural que surjan fenómenos nuevos, muchos de ellos difíciles de estudiar por su novedad. Uno de esos fenómenos es el live stream: transmisiones de audio y video en tiempo real por internet, sin pasar por edición; básicamente, al natural. Esto ha llevado a que nuevas figuras como Westcol se posicionen en esta forma de comunicar y empiecen a incidir —y a cobrar relevancia— en la conversación pública.
A mi modo de ver, después de la llegada de las redes sociales y su aceptación masiva, estamos entrando a un periodo de pensamiento más crítico frente a ellas. Casos como los cursos cuestionados de Yeferson Cossio, las promociones de inversiones dudosas por parte de influenciadores, o la larga lista de personajes que sostienen vidas de mentira en Instagram han ido erosionando, poco a poco, la confianza en estas plataformas.
Así las cosas, en un escenario en el que ya entendimos que las redes pueden fabricar mundos falsos, como sociedad estamos premiando la espontaneidad: la no corrección, la renuncia a lo políticamente correcto y, tal vez, en un sentido más profundo, una reconciliación con la imperfección humana.
A partir de ahí se entiende por qué figuras como Westcol representan lo que hoy representan: con una audiencia promedio de 40.000 espectadores diarios y habiendo batido récords de simultáneos que rozan los 4 millones. Este joven de 25 años ha demostrado que ser auténtico —incorrecto, vulgar e incluso homofóbico, racista o machista— mueve audiencia. Quizás una audiencia cansada de la corrección y de ese mundo perfecto e ideal que, en la vida real, es difícil de alcanzar.
No sé si siguiendo el ejemplo de Westcol o por la asesoría de un equipo de comunicación que leyó el mismo síntoma, Petro, a partir del 4 de febrero de 2025, empezó a transmitir en vivo los consejos de ministros. Tras horas de transmisión, el país vio peleas internas, divagaciones del presidente y el espectáculo —literal— de gobernar. En cuestión de minutos el Consejo fue tendencia en todas las redes. Frases memorables, como Susana Muhamad diciendo entre lágrimas que no se sentía bien en la misma mesa con Benedetti, o el regaño del presidente al ministro de Educación por llegar tarde, marcaron el inicio de algo que se volvería costumbre.
Después vinieron otras frases y escenas polémicas —del presidente y de su círculo— y, del otro lado, Westcol siguió acumulando controversias con insultos a la población LGTBIQ+ o estimulando la cosificación de la mujer. Lo llamativo es que, lejos de producir un rechazo decisivo, muchas de estas salidas han generado más pasión y han fortalecido las comunidades: en el caso de Westcol, los W Reals; en el caso del presidente, los petristas.
El presidente Petro divaga, no aterriza soluciones, muestra verdades a medias; la corrupción es escandalosa, la “paz total” no cuajó, la economía luce frágil y el país parece sin rumbo claro. Y aun así su bastión comunicativo lo sostiene con aprobación y con una comunidad capaz de negarlo todo —incluso lo evidente— con tal de defenderlo.
Entre los W Reals y los petristas cambia el líder; el método, en esencia, podría ser el mismo. La transmisión en vivo funciona como prueba de autenticidad, aunque no pruebe veracidad. Ahí está el riesgo: bajo el camuflaje de una pseudo transparencia —esa sensación de “lo estoy viendo en directo”— pasan por delante de todos mentiras, cifras infladas y realidades paralelas. Y mientras tanto, los problemas del país quedan en una nebulosa: se prioriza la comunicación y la popularidad sobre la gestión, la ejecución y la solución real de los asuntos de gobierno. Estamos en una era en la que el Estado no cambia la realidad, pero la comunicación decide cuál realidad termina importando.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/