Voy a votar por Abelardo

Como ya ha venido siendo costumbre, y como lo he hecho en mis columnas previas a las dos elecciones de este año, voy a salir a cantar el voto. Esta vez voy a votar por Abelardo.

Tal vez, para quien me lea con frecuencia, esto no sea una novedad. Tampoco he ocultado nunca ni mi ideología ni mis constantes críticas al gobierno de Gustavo Petro y a la campaña de Iván Cepeda. Voy a votar por Abelardo, no de manera irrestricta, sino desde la convicción de que el rumbo que hoy lleva el país necesita un timonazo y de que, entre las dos opciones que tenemos, es el único dispuesto a darlo.

Voto por el Tigre, algo que no hice en primera vuelta, porque creo que el país no puede seguir con la fracasada Paz Total ni con su reencauche, lo que ahora en el plan de gobierno del candidato del Pacto llaman Paz Humana. Voto por ADLE porque el crecimiento de las rentas criminales derivadas de los cultivos ilícitos, así como el aumento de delitos que se habían reducido notablemente en el cuatrienio pasado, como la extorsión y el secuestro, no pueden convertirse en el panorama normal del país. Porque el fortalecimiento de los grupos armados ilegales y su infiltración en las Fuerzas Armadas no pueden continuar.

No votaré por Cepeda porque creo en una economía donde el Estado intervenga únicamente para corregir algunas fallas del mercado, pero donde la regla general sea la libertad económica. Incluso eso me lleva a tener algunos desacuerdos con propuestas del candidato que hoy apoyo. Sin embargo, en el panorama actual, en el que toca elegir entre dos alternativas, siento que es el abogado quien mejor defiende ese principio.

También, aunque mucha gente critique esta posición, voto para castigar un proyecto político que juzgo mentiroso, desleal y corrupto con la ciudadanía. Un proyecto que, enarbolando las banderas del feminismo, ha defendido o guardado silencio frente a presuntos abusadores y agresores de mujeres; que, alzando causas laboristas, ha contribuido a la precarización de los trabajadores y la informalidad; que, asumiendo los estandartes del ambientalismo, ha callado de manera complaciente frente a la minería ilegal y la deforestación; y que, sobre todo, levantando los pendones de la lucha anticorrupción, ha terminado involucrado en escándalos por el manejo de recursos públicos destinados precisamente a las comunidades más vulnerables.

No voto este domingo por De la Espriella como una carta blanca a su proyecto, ni mucho menos como una aquiescencia a todas sus propuestas o a todos sus discursos. Voto críticamente, desde una posición ideológicamente cercana, pero metodológicamente distante. Soy consciente de que existen diferencias importantes y de que, en caso de resultar elegido, será necesario ejercer sobre su gobierno la misma vigilancia, exigencia y espíritu crítico que cualquier democracia saludable demanda.

Sin embargo, las elecciones no ocurren en el vacío. Se desarrollan en circunstancias concretas y obligan a escoger entre alternativas reales, no entre ideales perfectos. Y entre las dos opciones que hoy tiene el país, considero que Abelardo representa una oportunidad para corregir el rumbo, recuperar principios que considero fundamentales y enviar un mensaje claro de rechazo a un gobierno y a un proyecto político que, a mi juicio, han defraudado las expectativas de millones de colombianos.

Por eso voto por Abelardo. No desde la esperanza ingenua de encontrar un salvador, sino desde la convicción de que la democracia también exige premiar los aciertos, castigar los errores y asumir con responsabilidad las consecuencias de nuestras decisiones. El domingo votaré pensando en el país que quiero construir, pero también en el país que no estoy dispuesto a seguir tolerando.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/nicolas-calle/

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