Votaré por Paloma Valencia

Cada vez que Colombia se acerca a una elección presidencial aparece, como una gripa nacional, la frase de que estamos ante las elecciones más importantes de la historia. La hemos oído tantas veces que ya no significa casi nada. Sirve para abrir debates, para vender encuestas, para asustar indecisos y para que cada campaña se disfrace de batalla final entre la civilización y la barbarie. Pero ocurre que, de tanto abusar de la frase, esta vez puede resultar cierta, o por lo menos peligrosamente cercana a la verdad.

Colombia llega a esta elección cansada, irritada y con miedo. Cansada de un gobierno que prometió cambiarlo todo y terminó administrando el desorden con discursos cada vez más largos y resultados cada vez más cortos. Irritada por una política convertida en espectáculo permanente. Y con miedo, porque el asesinato de Miguel Uribe Turbay nos recordó que en este país la violencia política nunca se ha ido del todo: apenas se agazapa, espera, cambia de nombre y vuelve.

Yo he sido, tradicionalmente, un votante de centro. No porque el centro sea una virtud automática, ni porque la moderación salve almas, sino porque desconfío de quienes creen tener la historia, el pueblo, la moral o la patria guardados en el bolsillo. He defendido las libertades individuales, los derechos colectivos, los límites al poder y esa idea elemental, hoy casi subversiva, de que el adversario no tiene que ser destruido para que exista la democracia.

Por eso votaré por Paloma Valencia. No lo haré como quien encuentra una redención, ni como quien firma un cheque en blanco. Nunca he votado por ella y, en otra circunstancia, quizás no habría pensado hacerlo. Pero la política también consiste en escoger dentro de lo posible, no dentro de lo imaginario. Y entre las opciones reales que hoy tiene Colombia, Paloma representa la alternativa más seria, más democrática y menos temeraria.

Siempre la vi como una senadora estudiosa, firme y decente en el debate. Una mujer de derecha, sí, pero no una caricatura de la derecha. Alguien capaz de discutir sin convertir cada frase en una pedrada. La consulta que la llevó a esta candidatura, y luego la escogencia de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial, terminaron de darle a su proyecto algo que escasea en la política colombiana: contenido, método, equipos y una cierta vocación de gobierno.

Frente a Iván Cepeda, Paloma es una barrera contra la continuidad de un gobierno que ha tensado con irresponsabilidad los contrapesos institucionales, ha tratado a jueces, periodistas, opositores y Fuerzas Armadas como enemigos de ocasión y ha dejado crecer, bajo la retórica de la paz, demasiadas formas de poder criminal. Colombia no puede darse el lujo de prolongar esa debilidad del Estado ni esa sospecha permanente contra todo lo que no obedece.

Frente a Abelardo de la Espriella, Paloma es también una barrera contra otra tentación: la de curar el populismo con más populismo. De la Espriella ofrece una política de grito, vanidad y espectáculo; una derecha de tarima, de amenaza y de aplauso fácil. Sus sombras públicas, sus amistades incómodas y su desprecio por la conversación democrática no son detalles menores. Colombia ya ha pagado muy caro cada vez que confunde carácter con bravata.

Votaré por Paloma Valencia, entonces, sin arrodillarme ante ninguna campaña. Votaré por ella porque prefiero un gobierno con límites a otro con delirios, una autoridad con instituciones a una autoridad con megáfono, una derecha civilizada a una derecha rabiosa, y una alternancia democrática a la prolongación del fracaso.

Y votaré también porque sería importante que una mujer llegara por primera vez a la Presidencia de Colombia. No como adorno simbólico, ni como cuota amable para los discursos, sino como señal de que el poder puede empezar a parecerse un poco más al país que dice representar

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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