Votaré por Cepeda a pesar de Petro

Este domingo votaré por Iván Cepeda con la convicción de que haría un buen gobierno y –condición indispensable, aunque contraintuitiva– porque no sería precisamente la continuidad del gobierno de Petro, por quien nunca he votado, ni votaría si se pudiera reelegir.   

Lo haré sin maquillar a Cepeda de lo que no es; con algunas dudas y críticas sobre su proceder; y, paradójicamente, con la creencia –casi certeza– de que no va a ser presidente, como lo he advertido desde siempre. No será, por tanto, un voto útil ni el que más me favorece: no suelo votar con ese criterio.

Petro y Cepeda: similitudes y diferencias

Contrario a lo que piensan sus seguidores y detractores, creo que una presidencia de Cepeda sería significativamente diferente a la de Petro. Si me permiten la analogía con una orquesta, la calidad de la presidencia la determinan, básicamente, el propio presidente (director de orquesta), el equipo de gobierno (músicos) y el proyecto político (partitura). También hay factores externos que la condicionan, como la oposición, los vientos geopolíticos, las pandemias (sonido ambiente y ruido), entre otras variables. Aquí solo me ocuparé de las que puede controlar un gobernante.

Cepeda no es como Petro ni quiere parecerse a él, como, patéticamente, lo hace Paloma Valencia con Álvaro Uribe, a quien imita hasta en la forma de hablar: en tono machista y beligerante. Ni como Abelardo de la Espriella, que parece una síntesis de Bukele, Trump y Milei. Cepeda es auténtico, más allá de si nos inspira o nos fastidia su talante.  


Petro –al que le reconozco aciertos y el gran logro de poner lo social en el centro de la discusión– tiene defectos, incluso antidemocráticos: su talante mesiánico y autoritario, su dificultad para liderar equipos y la satanización de las instituciones y la oposición, por más inflexible e irracional que también haya sido. Es, además, demagogo, incendiario, desordenado, incumplido y muy incoherente, especialmente en la lucha contra la corrupción. Sus acuerdos como gobernante fueron más burocráticos que programáticos. Los petristas y la gente de izquierda matizan todo esto y se enervan cuando uno se los señala. Pero los hechos, como Petro, son tozudos.

 
Cepeda, por su parte, es un demócrata, radical y de izquierda, pero demócrata, porque estas tres cosas no son incompatibles. Radical en el sentido de asumir posiciones firmes, aunque sin caer en extremismos, estatismos y menos en totalitarismos: por eso renunció desde muy joven al Partido Comunista, lo que le ocasionó diferencias con su padre.

 
Le gusta y sabe trabajar en equipo (habla en plural: nosotros, vamos, etc.), tiene disciplina de partido, es respetuoso, metódico, abierto al diálogo franco y a la búsqueda de acuerdos con sus contradictores, de lo que dan fe personajes como José Félix Lafaurie. Respeta las instituciones, como lo ha hecho en el largo proceso ante Uribe. Debate con contundencia y claridad cuando hay equidad de condiciones, como en el congreso; y difícilmente pierde la compostura, pese a que frecuentemente lo provocan con calumnias.

 

No obstante, Cepeda es demasiado formal y sobrio: escasamente sonríe y puede parecer aburrido y aburridor para muchos. Le falta empatía y carisma para conectar con otros electores por fuera de su base, que pueden confundir su seriedad con resentimiento.

Cepeda tampoco es apéndice de Petro ni sería su pelele, porque si algo le sobra es carácter para no dejarse manipular. Es más, no fue su elegido, como lo sustenté en otra columna en este medio. Lo respeta y le toca apoyarlo, pero no era su candidato, como Santos no fue el de Uribe. Ha tenido la valentía de hacerle críticas a este gobierno en temas como la compra de los aviones de combate Gripen E/F por 16.5 billones o en los escándalos de corrupción, como el de la UNGRD, de los que dice avergonzarse. Hace menos críticas en público de lo que todos quisiéramos, pero más de las que le hacen otros candidatos a sus partidos.  

Su programa de gobierno (partitura) – que es lo que más comparte con Petro– tiene en el centro la lucha contra los dos problemas estructurales más grandes de este país: la desigualdad y la pobreza; y contra el más importante del planeta: el cuidado del medio ambiente, del cual depende nuestra supervivencia como especie. Otros grandes flagelos (corrupción, violencia, inseguridad, polarización, etc.) nunca se podrán solucionar, si no se reducen a límites tolerables los primeros. Por eso la paz, su gran obsesión, la tiene transversal y como una consecuencia lógica de haber superado lo primero. Está convencido de que el desarrollo solo será sostenible y la paz posible si y solo si se garantiza el bienestar general.

Su equipo de gobierno (intérpretes), a juzgar por su historia y por algunos nombres ya anunciados, sería afín a su carácter y a su programa de gobierno. No veríamos con él a los Benedetti, Barreras, Quinteros, Sarabias, etc. Aunque no está exento de personas cuestionadas y cuestionables (León Fredy Muñoz, Alex Flórez, Carlos Andrés Amaya). ¿Quién no las tiene? Pero podría demostrar en cualquier escenario que tiene menos que los otros dos candidatos que le disputan la presidencia.

    
Sus acuerdos, a diferencia de Petro, serían programáticos, antes que burocráticos, como propone con “el gran acuerdo nacional”, cuya convocatoria, dice, sería su primer acto de gobierno. No es el coco de la constituyente, que no ha priorizado –nunca– en sus discursos. Tampoco la descarta si fuese necesaria, en tanto está amparada por nuestra Constitución (Art. 374). Es una vía democrática que varios gobernantes y políticos han planteado en otros momentos.

 
Siguiendo con su equipo, en eso le ha faltado flexibilidad y diversidad a Cepeda desde la misma campaña. Si quiere profundizar los cambios sociales como dice –y debe, dado que Petro dejó muchos en titulares y promesas– no va a ser posible solo con «los nadies»: también va a necesitar a «los alguien», a «los de siempre» y a «los nunca». No se puede ser incluyente excluyendo a los otros, y Cepeda parece –en eso no se diferencia de los otros candidatos– regocijarse solo con los que se parecen a él. La “Colombia profunda” debe dialogar y coexistir con la visible: con el establecimiento.

En suma, aunque tengan partituras afines, Petro no es un buen director de orquesta ni sabe escoger sus músicos (gabinete). Los critica duramente en público por su pésima ejecución –como si él no tuviera nada que ver– y los cambia a menudo. Así no hay orquesta que suene bien, salvo para ebrios de “progresismo”. Con Cepeda el concierto sería sobrio –aunque quizá más aburrido– hasta para la oposición y para un país que se ha acostumbrado a vivir del show la polarización.   

Cepeda: luces y sombras

Al igual que los otros candidatos, Cepeda tiene falencias y lunares. Si la política es el arte de tragarse sapos, como dicen algunos, su caso no es la excepción. Uno que es lamentable es esta exaltación del 9 de marzo de 2013 en un trino: “Nicolás Maduro es digno sucesor de Hugo Chávez y trabajará también por la Paz en Colombia”. Para entonces debía tener claro que la revolución chavista era un fracaso y que Maduro llevaría a Venezuela al abismo. La Paz no se puede hacer a cualquier precio ni siendo laxo con los afines ideológicamente e implacable con los opositores.

Lo que no es cierto es que sea el candidato de Farc ni que no se haya desmarcado de ellas. Cuando aún existían, escribió en su columna de El Espectador el 17 de marzo de 2007: “He condenado en múltiples oportunidades las acciones en las que grupos guerrilleros atentan contra la vida y la dignidad de las personas, y en particular, el secuestro convertido en industria de comercio con seres humanos. Con esa misma verticalidad condeno las acciones que realiza el mal llamado frente ‘Manuel Cepeda’, que han costado la vida de civiles en atentados dinamiteros. Una sociedad justa y democrática, como la que quería mi padre, no se construye a punta de atentados indiscriminados contra la población civil”. También se sabe, como lo publica ahora León Valencia en su libro, que en las negociaciones de La Habana tuvo varios rifirrafes con ellos. Ahora, cuando los terroristas vestidos de disidencias han presionado a la población civil para que voten por él, ha criticado oficial y públicamente esas acciones. 

Lo del computador de Raúl Reyes y el episodio del “entrampamiento” de Jesús Santrich son temas tan inquietantes y debatibles que no nos alcanza este espacio para analizarlos. Pero la mejor prueba de su independencia ante la Farc, tanto de las de antes como de las tales disidencias es que nunca ha tenido una demanda formal por “farcpolítica”: ni siquiera en los gobiernos de uribistas. Todo se ha quedado en injurias y calumnias.

En mi contexto y para mis condiciones sociales, Cepeda es el candidato que menos me favorece, pero siempre votaré por el que considere mejor para el país, lo que no quiere decir que en este o en otros casos tenga la razón: es solo mi razón.


Votar por él y hacerlo público es, además, una especie de suicidio político y social, como lo anuncié en mi columna pasada. Si me han excluido y satanizado por ser antiuribista, ni me imagino lo que sigue ahora. Estoy dispuesto a atender todos los cuestionamientos, mientras no sean ni con insultos ni con calumnias. Respondo por mi decisión, tomada –como anuncié desde el principio– con convicción.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/










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