Votar para que no se repita

Dice alguien en un chat que unas personas pobres le dijeron que eso de la política a ellos no les interesaba.

Es fácil entender por qué: hay cosas más importantes por las que preocuparse cuando uno no tiene resueltas sus necesidades básicas.

Eso lo saben muchos políticos, y de eso es lo que se aprovechan, la necesidad a cambio de votos. Por eso los vemos comiendo sancocho en las plazas de mercado o usando las vestimentas wayús, prometiendo por microsegundos cambiar un olvido histórico.

Porque al final los gobernantes que hemos elegido por años se han preocupado poco por solucionar los grandes problemas de este país y se han enfocado en ahondar las desigualdades y trabajar por los que menos lo necesitan —los ricos trabajando por los ricos. A todos se les olvidan los pobres cuando ya fueron elegidos. Bien saben —y esto es un cliché— que un pueblo ignorante se maneja más fácil y por eso es que la educación pocas veces ha sido una de las grandes inversiones.

Me quedé pensando, sin embargo, qué es interesarse por la política. Porque no es opinar en Twitter y en chats familiares y de amigos. No es votar por el candidato que me parece malo, pero todo sea porque no gane el otro. Mucho menos es ese nivel de argumentación que se usa tanto hace tiempo: todo el que no piensa como usted es comunista. Ni lo es votar por aquel que pidió el voto para que alguien pueda mantener su puesto —aunque esto es tema largo porque es lo que hemos construido.

Mi mamá me crió con la idea de que hay que votar: lo mínimo que uno puede hacer por la democracia es elegir a sus gobernantes con la esperanza de que van a cumplir lo que prometen. Sin embargo, tengo un amigo a quien le enseñaron lo contrario. No votar como una manera de protestar ante candidatos que llevan años incumpliendo.

Es la primera vez que no voy a votar desde que tengo 18 años. Estoy fuera del país y no quiero manejar cuatro horas para ejercer mi derecho al voto. Tampoco tengo un candidato que me motive lo suficiente. Esta mañana, mientras hablaba con la mamá, dijo que ella ya no votaba en Riosucio, aunque podría porque pasa la mitad del tiempo allá y la otra en Manizales, pero se prometió nunca jamás en el pueblo. La última vez votó por un alcalde en quien todos confiaban lo iba a hacer muy bien, y lo hizo muy mal. Peor que el anterior.

En eso fue precisamente en lo que me quedé pensando. En este país nos pasamos de decepción en decepción. Votamos con la esperanza de que haya un gobernante que de verdad quiera trabajar por Colombia, para utilizar el cliché que repiten todos, pero terminan siendo iguales. Quizá por eso Petro es una gran decepción, porque fue elegido por muchos con la esperanza de un cambio, de preocuparse por esa parte del país de la que muchos se olvidan siempre, de hacer reformas que no perpetúen los mismos problemas, y al final hemos visto muy poco de eso y mucho más de lo mismo, disfrazado en un discurso de realismo mágico y de los malos y los culpables son los otros —que también— y cameos en películas.

Esta semana terminé de leer El reino de este mundo de Alejo Carpentier y es precisamente la idea de que la historia se repite: unos que se hacen con el poder, que prometen cambiarlo y no ser como los anteriores, y luego lo mismo: no les importa más que ellos mismos, vengan de donde vengan. Recordé una frase de un profesor de Economía de cuando estaba en la universidad: el sistema necesita a los pobres, necesita quien haga el trabajo sucio, siempre y cuando no seamos nosotros.

Voy a irme otra vez con la idea de que si uno puede votar, debe ejercer su derecho. Y hay que hacerlo con la consciencia de que elegimos a personas que tienen una responsabilidad gigante, que sus decisiones nos impactan económica y socialmente. El Congreso es fundamental en eso, incluyendo el control político que se ejerce desde allí. Y esto es lo importante: hay que votar por gente preparada para dirigir al país, y no por esos motivados por las ganas de poder, popularidad y likes. Porque que haya un círculo vicioso de malos gobernantes también tiene que ver con nuestras decisiones.

Carol Hanisch, feminista de los setenta, dejó esta idea: lo personal es político. La política no está solo en las urnas y el tarjetón. La política está, por supuesto y también, en lo que hay en la nevera. En si alcanza para el mercado, en si subió el arroz, en si toca escoger entre el bus y el huevo. La política es intrínseca, está ahí aunque no queramos pensar en ella. Todos la sufrimos. Lo absurdo es pedirle participación política a quien está resolviendo lo fundamental: que haya algo para comer esta noche. Necesitamos construir un país que nos permita a todos ser parte de ella. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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