Viajar es morir un poco. O, al menos, dejarse morir un poco. Aterrizo de un viaje a China, Hong Kong y Corea del Sur y me preguntó: ¿qué me pasó? Se escribe para llegar a saber lo que queremos decir, dice María Negroni. Escribir es como arrancar maleza del jardín. La maleza, como las ideas, aparece de la nada. Al regresar, encuentro mis plantas asfixiadas por la maleza. Descubro, sin embargo, algunos árboles y plantas extrañas que decido conservar. Escribir, creo, es escoger la maleza que se va a conservar en el jardín. Las manos quedan llenas de tierra.
Interrumpo la programación habitual de los colores porque, en esta ocasión, no me cabe un solo color. Me gusta escribir de los colores en un vano y mediocre intento por simular unas propagandas. Un tío me dijo que a veces sueña con propagandas, ve anuncios en sus sueños. Me pareció fascinante. Recordé los anuncios en Six Feet Under. Escribo sobre colores como quien incluye propagandas para niños en mitad de un noticiero. Recuerdo las propagandas de juguetes o al famoso Tal Cual, que atrapaban mi atención.
Esta vez se me regó la pintura. ¡Mierda! ¡Se mezclaron los colores! Viajar es llenarse de color. A las malas, diría yo. ¿Dónde se guardan las caras, los lugares, los atardeceres, los ríos, las montañas, los árboles, las flores, los edificios, los platos, los libros, la música, las obras de arte, las calles, las vestimentas, la basura, los pensamientos, las emociones, y, en fin, los recuerdos, que se recogen en un viaje?
Susan Sontag, antes de viajar a China, escribió: ir a China es como ir a la luna. Siempre decimos que lo más lejos que se puede ir es a China. “Eso queda en la conchinchina”.
Puedo decir que viví un 0.33% de mi vida en China. No sé muy bien eso qué significa. Creo que eventualmente lo descubriré, o no. Viajar es como hablar con un muerto. Por lo general, el muerto deja tareas cifradas en frases enigmáticas. Deja tareas que no sabemos cuáles son. Estar vivo es, quizás, descubrir esas tareas, hacerlas, repeat. El viaje me dejó tareas que intento descubrir. De repente me vuelco por completo hacia la literatura, la música y la pintura chinas y coreanas, así como al cine asiático en un intento un poco torpe por descifrar lo que viví y, ojalá, encontrar las tareas. Hay algo en los libros, en el cine, en el arte, que no alcanzan a ver nuestros ojos.
Cine: Mekong Hotel, Blossoms Shanghai, An Asian Ghost Story, The Farewell, Return to Seoul, Ghost in the Shell. Libros: Journey to the West, Three Kingdoms, Jasmine Tea de Eileen Chang, The Maverick Pig de Wang Xiaobo, el I Ching (viejo conocido), Beasts of a Little Land de Judea Kim y, sin duda, volver a Han Kang. Entre las canciones: When Will You Return y la guitarra de Kyoji Yamamoto. Pintura: las obras de Liu Ye, Duan Jianyu, Min Joungki, Yuko Mohri, Chun Kyung-ja, Park Eun Tae, Kim Jung-heun, Wu Guanzhong.
Un viaje está incompleto cuando se hace en un típico recorrido turístico. El arte desafía esas fronteras visuales atrapaturistas. Como los restaurantes caros, los edificios lujosos, los recorridos guiados. Y, entonces, ¿qué es real?, ¿dónde está la realidad? Por eso me gusta visitar museos de arte. Porque son indóciles, irreverentes, no buscan agradar, y, quien los visita lo sabe (o debería saberlo). La tarea del dócil es esconder lo real. ¿O no?
Al llegar a la Muralla China a las afueras de Pekín, la sensación de regocijo duró poco. Intenté caminar lo más que se podía sobre ella en un intento romántico por imaginar los pasos de las antiguas dinastías, los posibles ataques, las conversaciones entre guardias. Recordé que en mi infancia me había obsesionado con esa construcción. Se me hacía inconcebible pensar en una muralla que rodeara todo un país. La había visto en un libro ilustrado con “las maravillas del mundo”. Recordé la sorpresa de ese Martín con nostalgia. Ahora que estaba ahí, no era lo mismo. Tenía nostalgia de la felicidad que el Martín niño imaginó tener al conocer la Gran Muralla China. Nostalgia de la imaginación.
El viajero va dejando un poco de sí mismo en cada lugar que visita. Viajar es un desafío porque nos muestra —con crudeza— vidas que no tenemos ni tendremos. ¿Quién sería si hubiera nacido en Hong Kong, en Guilin, en Shanghái, en Seúl? ¿Quién podría ser si hubiera ido a la universidad en alguna de esas ciudades? ¿Cómo pensaría si hablara mandarín o coreano? Pero también puede mostrar futuros posibles (¿o imposibles?). ¿En qué me convertiría si viviera aquí? ¿Qué se sentirá hablar mandarín? ¿Qué se sentirá hablar con Zhen (una amiga de Chuzhou que vive en Zúrich) en su lengua natal?
Conocí una librera en Seúl. La señora, al ver que llevaba conmigo una pila de libros que amenazaba con caerse, se me acercó y, viendo mi obvio rostro extranjero, me preguntó si tenía membresía. Me explicó que, con la membresía, podría obtener un 10% de descuento. Me ayudó a registrarme y me entregó dos cupones que, juntos, sumaban 20.000 wones (casi 65.000 pesos colombianos). Le agradecí en un inglés que me pareció insuficiente, por lo que pronuncié un “gracias” en español que encontré más sincero y, creo, entendió. Al otro día regresé, me reconoció. Otra vez tenía en mis manos una pila de libros. Ella se rió y, a escondidas, me regaló otro cupón. No supe su nombre y su rostro, con los días, se me olvidará. “Gracias”. “Gamsahamnida”, la única palabra que aprendí en coreano.
Para cerrar, porque mientras escribo descubro, creo que parte de la gran crudeza de este viaje está en la imposibilidad de mimetizarse, de pasar desapercibido en estos lugares. Mis facciones me delatan. Por más que intente camuflarme (cosa que siempre intento hacer cuando viajo), allá resultaba imposible. Se activa de inmediato mi condición de “turista” y, con ella, algo de mentiras. Algunos activan un rechazo inmediato, otros una falsa benevolencia que se interesa más en mi bolsillo que en mi presencia. Pienso en lo genuino y su escasez.
En la imposibilidad de comunicación, descubro que el inglés no es la supuesta “lengua común”, como la que existe en la galaxia en Star Wars. La lengua común es el silencio. La mirada, los gestos, las imágenes. Basta con mirar a los ojos.
Viajar es, más bien, peregrinar. Como Ismael en Moby Dick, para quien viajar es el sucedáneo de la pistola y la bala. “En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco”. Creo que el viaje no concluye al aterrizar. De ese viaje no se regresa jamás. Todo se mezcla.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/