Venezuela: morir dos veces

Hoy escribo esta columna con peso en el pecho. No hace falta ser venezolano para sentirlo, basta con ver las imágenes de la tragedia que viven las personas que han perdido a sus familiares y sus casas, basta con saber que hay cientos de niños huérfanos, basta con tener alguien conocido allá, con entender que lo que ocurrió el 24 de junio de 2026 no solo fue un desastre natural, fue la exposición brutal de un Estado que ya había colapsado mucho antes de que la tierra se moviera.

Desde lejos, lo único que pudimos hacer fue orar, donar, compartir, pero llega el momento en el que uno entiende que la fe y la donación no deberían ser el último recurso de un pueblo, porque muchas vidas pudieron salvarse con un Estado competente, humano y solidario. Es inconcebible que no se hayan activado los equipos de rescate venezolanos, que los militares y policías no se hayan desplegado al lugar de los hechos en el menor tiempo posible, eso es lo que le corresponde garantizar a un Estado, pero no fue así. Ese Estado falló.

Venezuela tiene apenas 0.9 camas por cada mil habitantes, cuando el mínimo recomendado es de tres. No había ambulancias, ni insumos, ni quirófanos funcionando cuando más se necesitaban. Fueron los vecinos quienes sacaron sobrevivientes con las manos. Llegaron primero los rescatistas de otros países que las mismas autoridades venezolanas, otros países enviaron la maquinaria y los equipos que se requieren para estos desastres. Y cuando por fin aparece la Guardia Nacional, aparece saqueando las casas destruidas y bloqueando la ayuda humanitaria que ellos mismos son incapaces de dar.

Uno quisiera pensar que eso solo pasa en Venezuela, que aquí somos distintos, pero la realidad es otra, y Colombia tiene razones propias para mirarse al espejo.

Colombia tiene 1.9 camas hospitalarias por cada mil habitantes, menos de la mitad del promedio de la OCDE. En Guainía, Guaviare, Putumayo, Vaupés y Vichada no existe una sola UCI. En esos territorios, la disponibilidad de camas ya se parece inquietantemente a la de Venezuela. Colombia ocupa el último lugar entre sus pares en médicos y enfermeras disponibles: apenas 40.5 por cada 10,000 habitantes.

Es cierto que Colombia no partió de cero. La Ley 100 de 1993 fue un salto histórico: pasamos de un sistema que dejaba por fuera a más de la mitad de los colombianos a uno que llegó a cubrir cerca del 95% de la población. Eso no es menor. Pero ese logro, construido durante treinta años, está siendo desmantelado. El gobierno Petro llegó con una reforma de salud que en lugar de corregir los problemas del sistema optó por desestabilizarlo: intervino EPS, bloqueó giros, generó incertidumbre financiera en toda la red hospitalaria y dejó a millones de afiliados sin claridad sobre quién responde por su atención. Hoy hay pacientes que no consiguen una cita, que esperan meses por un procedimiento, que van a la farmacia y no encuentran los medicamentos formulados. El sistema que prometió universalidad está retrocediendo.

Los recursos que se desvían o se bloquean hoy son las camas que van a faltar mañana cuando tiemble. La diferencia entre Colombia y Venezuela no es tan grande como quisiéramos creer.

Al final, uno se queda sin palabras. No porque no haya qué decir, sino porque hay dolores que no se resuelven con un artículo, ni con una donación, ni con una oración, aunque todo eso importe.

Lo que pasó en Venezuela no debería normalizarse. No debería convertirse en otra noticia que se olvida cuando llegue la siguiente. Detrás de cada cifra hay una familia que perdió todo, un niño que quedó solo, un médico que hizo lo imposible con nada. Eso merece más que indignación de dos días.

Y desde Colombia, lo único honesto que puedo decir es que me preocupa. Que me preocupa profundamente el estado de nuestro sistema de salud, la corrupción que lo carcome, las regiones que ya viven su propio silencio sanitario. No tengo todas las respuestas. Pero sí sé que mirar a Venezuela y encogerse de hombros sería un error que algún día nos puede pasar factura.

Venezuela nos enseñó que la mayor amenaza para un pueblo no es un terremoto. Es un Estado que desaparece exactamente cuando más se le necesita.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/

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