Usted no sabe quién soy yo en la política

Apreciado lector, aunque me lea o me conozca, probablemente no sabe quién soy yo en política. Es posible, sin embargo, que ya me haya puesto una o varias etiquetas. Le hablaré de mis convicciones y de mis votaciones, para que las revise. Acto seguido, para que las confirme, las cambie o me absuelva, si me ha estigmatizado o excluido por mis ideas.    

No milito ni he militado en ningún partido político. No tengo prejuicios con las militancias, pero no busco ni he encontrado alguna que me llene. Tampoco he sido cercano a ninguna organización al margen de la ley. De hecho, me aterran las armas.

Casi nunca he votado por el candidato que más me conviene a mí, sino por el que considero mejor para el país en general o para mi región en particular, cuando se trata de elecciones locales. Casi siempre, infortunadamente, he perdido.

En términos ideológicos, estoy convencido de que los seres humanos somos, naturalmente, de centro. La cultura, las preferencias personales y las circunstancias son las que nos hacen girar a la izquierda o a la derecha. En cualquier caso, por más radicales que seamos en la vida, es necesario zigzaguear entre orillas para enfrentar determinadas cuestiones: la libertad, la justicia, el orden, la igualdad, entre otros asuntos éticos y prácticos.

Entre el individualismo que en nombre de la libertad tutela la derecha, y el igualitarismo que a favor de la justicia defiende la izquierda, reivindico la posibilidad y la necesidad de un centro ideológico y político, en el cual me ubico. Pragmático, dinámico y con carácter; sin dogmatismos, pero sin exceso de relativismos; contraintuitivo, aunque no contrafactual, porque cada cual puede tener sus propias opiniones, pero no sus propios hechos. Que respete todas las posiciones, pero no todas las opiniones. Eso es indigencia conceptual y política.

 
Con la desigualdad extrema que campea en nuestro país –el tercero más inequitativo del mundo según el índice GINI–, por supuesto que bien podría declararme de centro izquierda.

Pero si mi contexto fuera Cuba –que se quedó atrapada en un comunismo de aparato, rígido, más para marcianos que para marxistas, como decía el gran Morin–, que continúa cercenando libertades y bloqueando los ímpetos democráticos a cambio de igualdad en la miseria, sin duda me ubicaría en la centro derecha.

 
Estas son las coordenadas que orientan mis decisiones políticas y electorales; mis análisis, opiniones y votos, que, obviamente, suelen ser por candidatos de centro, empezando por Fajardo, en varias elecciones.

 
Este es el marco político e ideológico en el que me muevo. Con el político que más me he identificado en Colombia es con Antanas Mockus y en el planeta con el difunto Pepe Mujica. La única vez que voté para presidencia por el candidato de un partido de izquierda fue por Carlos Gaviria, que se autodefinía como un liberal radical: ni marxista ni comunista, como infamemente lo macartizó la extrema derecha en su momento.

 
No soy petrista ni he votado por Petro, para nada y menos para presidente; ni votaría por él, si fuera posible su reelección. Valoro su proyecto político, porque tiene como eje la lucha contra la desigualdad y la exclusión: nuestros males mayores. Pero me enerva que lo maneje como un proyectil y lo dispare con regadera ante sus contradictores, no importa que caigan inocentes. Actitud propia del talante autoritario que ha exhibido como gobernante: muy diferente al demócrata radical que tuvo como congresista, aunque, paradójicamente, muy parecido al de su némesis, Álvaro Uribe Vélez.      

Soy antiuribista radical, pero no irracional ni visceral. Tampoco soy antiuribistas ni podría serlo fácilmente: la mayoría de mis amigos y familiares son uribistas unos y furibistas otros. Incluso, he votado para la Cámara por Federico Hoyos, candidato del Centro Democrático, sin ser cercano personalmente a él. Y podría hacerlo por otros integrantes de esa colectividad, empezando por mi buen amigo y gran gestor Carlos Mario Estrada. También he votado con convicción por otras personas de derecha, como Aníbal Gaviria y Luis Fernando Suárez.

En el plano local, Daniel Quintero me parece, de lejos, el peor alcalde por elección popular que ha tenido Medellín. Fajardo, el mejor, sin demeritar lo que hicieron Aníbal Gaviria y Alonso Salazar. Federico Gutiérrez –con quien trabajé un año y no tengo nada personal que sentir de él– va a terminar su segundo periodo sin gobernar, porque vive en campaña, esclavo de las redes sociales: el más decepcionante de todos.

Posturas como la mía –escasas en un país tan polarizado, pero no por ello mejores intelectual o moralmente– generan incomprensiones, exclusiones y soledades por doquier. Los de derecha me dicen que soy de izquierda, los de izquierda me dicen que soy un godo vergonzante y los del centro…, bueno, casi todos se han refugiado en las alas de Paloma, mientras caen en las garras de “El tigre” De la Espriella. Y yo, solo, como ermitaño político y social.

Es un precio que siempre he estado dispuesto a pagar. La mejor manera de no traicionar a los otros es no traicionarse a uno mismo. Lo que es harto, y a veces peligroso, es que lo satanicen, perfilen y hasta criminalicen a uno por lo que no es, por lo que no ha hecho y por lo que no cree. Me han desterrado de muchas partes y cerrado demasiadas puertas por lo que no soy. Eso, además de cansar, duele.  

 
Por eso escribí esta columna: para aclarar lo que soy y para que no me condenen por lo que no soy ni quiero ser. Tengo el carácter suficiente para no negar mis preferencias. De modo que, amigo lector, le pido comedidamente revisar las etiquetas que me ha puesto y, si a bien lo considera, los prejuicios suyos.


Antes, debe saber algo que quizá lo sorprenda. El 31 de mayo votaré por Iván Cepeda: un suicidio político. Pero ese será el tema de mi próxima y, tal vez, última columna.  

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar