Pocos meses antes de su muerte, escuché al escritor colombiano David Sánchez Juliao, “El Flecha”, contar que en el idioma hindi –el tercero más hablado del mundo, después del inglés y el mandarín– se utiliza la misma palabra («kal» (कल)) para decir ayer y mañana. ¡Qué maravilla!
Como comunicador de profesión, me interesé en el tema y supuse que, si el adverbio era igual, la forma de distinguir el día dependería del contexto de toda la frase, como en el inglés con el género y el número. Supuse bien, como lo pude constatar luego.
Pero mi curiosidad no era solo lingüística, era, ante todo, cultural. Intuí, además, que la concepción del tiempo desde este idioma y para quienes lo hablan, especialmente como lengua materna, no era lineal; debía ser circular o en espiral. Nuevamente estaba en lo cierto, según me confirmó un amigo políglota y filólogo, de origen árabe.
Son, en efecto, comunidades y sociedades más míticas que lógicas y desarrollistas. Más reverentes ante la historia, los antepasados y los mayores; con más raíces, arraigo y respeto por las tradiciones y el cuidado de la naturaleza. En suma, más cultos, en el más básico y mejor sentido del término, cuando invita a cultivarnos.
Como rumiante de ideas que soy, seguí cavilando sobre el tema y ¡Eureka!, recordé que cuando somos niños, los hispanohablantes tampoco diferenciamos entre ayer y mañana: decimos “papi, mañana fuimos”, o “mami, ayer vamos a ir”, entre otras frases paradójicas.
No es, entonces, una peculiaridad exclusiva de los orientales y de quienes hablan hindi y demás idiomas del otro lado del mundo: parece un rasgo humano, en general. La diferencia es que mientras a nosotros nos la restringe el español, a ellos se la potencia su idioma. Tampoco nos hace inferiores, pero sí nos diferencia.
Es, por tanto, una cualidad a la vez natural –dado que todos venimos configurados así– y cultural, en la medida en que nuestras instituciones, empezando por la lengua, nos la fomentan o nos la coartan. La “ley cultura” es implacable y nos sujetamos a ella y a sus instituciones, como el idioma. Nos moldea tanto como la biología.
¿Será el motivo por el que algunos creen que los occidentales tenemos atrofiado un hemisferio del cerebro? Puede que no sea la única razón, pero sí es una posible explicación del porqué unas culturas son más analíticas y otras más intuitivas.
Lo maravilloso de este hallazgo es ver cómo, una sola palabra, puede sintetizar y hasta comprender una cultura entera. La lección de este descubrimiento es que debemos ser reverentes con el uso del idioma. Cada palabra es un concepto, y los conceptos son la unidad mínima para poder entender y entendernos.
Cuidar el idioma es cuidarnos y cultivarnos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/