La vida sufrida a sorbos; amargos tragos que lastiman hondamente, nos toma de nuevo por sorpresa.
—Álvaro Mutis. El miedo.
Los bufidos, las risotadas y los lloriqueos de los niños alumbraron la sequía sonora del vagón de segunda clase.
Sonrisas inesperadas aparecen en los rostros de trasnochados y madrugados viajeros rutinarios. Jamás esperan regalar sonrisas un lunes de madrugada.
Los niños se bajan en la próxima estación, o eso parecen insinuar los súbitos movimientos de dos mujeres y un hombre que, con chalecos fosforecentes, acompañan a esa pandilla en miniatura.
El vagón es una fiesta. La rutina se altera. Una niña grita y después se ríe a carcajadas que contagian a sus amigos más cercanos, a los más lejanos y, después, a los desconocidos «señores» hechos de exceso de tiempo. Yo incluido en ese oxidado nosotros.
Debe hacerse una salvedad. Algunos pasajeros miran hacia otro lado. Evitan el rayo del sol. Su oscuridad es demasiado intensa como para dejarla colorear por manos pequeñas.
Los niños se levantan. Ya están por llegar. Estación Central. Las dos mujeres y el hombre en vano intentan organizarlos, convidarlos para que no dejen sus maletas y loncheras de colores y ruedas.
¿En qué momento dejamos de usar esas cómodas y coloridas maletas? Tan íntimas, tan nuestras.
[Recuerdo que me demoré en hacer la transición de la lonchera de tela y colores a la insípida bolsa plástica. No entendía la estética triste que traía consigo «ser de los grandes del colegio». Quería seguir usando la maleta azul con ruedas y dos o tres bolsillos secretos para coleccionar cualquier cosa. Después, con calma, habrá que hablar de los objetos que colecciona un niño en el bolsillo secreto de su morral].
Los niños salen del vagón en una desordenada y melodiosa fila india.
Algunos pálidos señores se han contagiado del aire fresco de la risa. Sonríen con los dientes y se atreven a despedirse de los niños moviendo las manos, o con un gesto que se dibuja, amarillo, en sus rostros. Les siguen la corriente. Yo incluido.
Sin mirarnos entre nosotros, nos ponemos de acuerdo en mentirles para simplemente decirles:
tranquilos, nuestras caras también están hechas de alegría.
Mentira piadosa. White lies.
Otros señores simplemente siguen mirando hacia otro lado. Audífonos en sus oídos. Prefieren la música triste, nostálgica, melancólica. La música de los planetas que da todo por perdido.
Esa música que también existe.
Corazones agujereados por ya reposadas ilusiones perdidas. Como si estuvieran preparados para lo peor y, aun así, la lluvia los sorprendiera sin sombrilla.
Yo incluido.
En el vagón quedamos los demás.
Regresa el amargo silencio de todos los días.
Se acaba la fiesta.
La vida vuelve a empezar.