Un tinto, por favor

Para escuchar leyendo: Soy colombiano, Rafael Godoy.

El tinto colombiano no es solo una bebida caliente servida en pocillo de loza -de esos con la bandera y el mensaje Café de Colombia-, vaso de icopor, de un plástico verde o gris, o una taza esmaltada. Es una costumbre, un lenguaje compartido, una pausa democrática, de esas pequeñas cosas que todo colombiano sabe propia y colectiva. Así como los italianos hicieron del espresso un símbolo nacional —exportado con orgullo al mundo—, Colombia tiene en el tinto una oportunidad cultural, económica y simbólica que aún no ha sabido enarbolar del todo.

Italia no se limitó a producir buen café; construyó un relato. El espresso es corto, intenso, cotidiano, inseparable de la vida social italiana. No importa si se toma de pie en un bar elegante o en una estación de servicio: sigue siendo espresso, sigue siendo Italia. Incluso fueron más allá, construyeron en el americano su contraparte estadounidense para explicar todo lo que no eran ellos y contar, con él, una parte de su historia.

El tinto colombiano cumple una función similar. Es fuerte, sencillo, accesible y omnipresente. Se toma en la madrugada campesina, en la oficina urbana, en la esquina del barrio, en la visita que empieza con un “¿le provoca un tintico?”. Está en todos los estratos, en todas las edades, en todos los territorios. Y es la carta de sorpresa que termina en sonrisa cuando se lo ofrecemos al foráneo.

Encierra, en buena parte de su existencia, mucho de lo que somos como sociedad.

Y, sin embargo, cuando Colombia habla de su café hacia afuera, suele hacerlo desde la sofisticación importada: métodos, perfiles sensoriales, nombres en inglés, precios excluyentes. Todo eso tiene su lugar, pero ha dejado en segundo plano lo más poderoso: la forma en que los colombianos realmente bebemos nuestro café. El tinto no es una versión menor ni empobrecida del café; es su expresión cultural más viva.

Fortalecer y expandir el tinto colombiano implica, primero, asumirlo como bebida nacional, como lo nuestro, carajo. Defenderlo sin complejos. Nombrarlo con orgullo. Contar su historia ligada al trabajo, a la conversación, a la hospitalidad. Implica también estandarizar sin uniformar: reconocer que hay muchas formas de tinto, pero una misma idea de fondo —café cotidiano, cercano, identitario, accesible—.

Enarbolar el tinto en el mundo no significa exportar solo una receta, sino una experiencia. Así como el espresso se asocia a barras, rituales rápidos y socialización, el tinto puede asociarse a calidez, pausa, comunidad, familia. A una Colombia que no se explica sólo desde la finca romantizada o la taza de competencia, sino desde la vida diaria de millones de personas.

Además, hay una razón estratégica: el tinto conecta directamente al consumidor con el origen. No es un lujo ocasional; es consumo recurrente. Es ahí donde el café deja de ser un producto aspiracional y se convierte en cultura viva. Y una cultura viva es mucho más sostenible, económica y simbólicamente, que una moda.

Defender el tinto es también un acto de soberanía cultural. Es decir que nuestro café no necesita traducción para ser valioso. Que nuestra manera de beberlo es tan legítima como cualquier otra. Que lo popular no es inferior, sino profundamente representativo. Que somos cafeteros, sí, como otras decenas de países, pero que somos tinteros, los únicos del mundo.

Si Italia conquistó al mundo con el espresso, Colombia puede hacerlo con el tinto. Pero para lograrlo, primero tenemos que creer —de verdad— que en ese pequeño vaso oscuro está contenida una de nuestras expresiones más auténticas. Y empezar a servirlaal mundo con la misma naturalidad con la que la servimos en casa.

A mí, un tinto por favor.

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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