La discusión no es nueva. Debe de ser tan vieja como el propio oficio, pero siento que cada vez es más justo —y necesario— el reclamo. Es obvio que los periodistas no son ajenos a todo eso de la polarización y el escalamiento del lenguaje, eufemismos para hablar de parcialidades y enconos que han crecido detrás de los micrófonos, las cámaras y (espero perdonen el anacronismo) las máquinas de escribir.
Y es obvio, también, que el sambenito de la objetividad con el que se fustiga a los medios desde todas las orillas ha sido un concepto mal comprendido por tirios y troyanos, pues demanda de los periodistas una robotización que ni los lenguajes de inteligencia artificial logran tener. Hay que ver lo muy sesgada que es la IA de Elon Musk, por ejemplo.
También es claro que la llegada al poder de Gustavo Petro descolocó un poco a los medios de comunicación más tradicionales (los grandes medios, les dicen algunos), acostumbrados como estaban a sentirse parte de la institucionalidad y a respaldar —con reparos menores en algunas ocasiones— a quienes han ejercido el poder.
No es nuevo el asunto. El 29 de marzo de 1939, bajo el titular a seis columnas «Franco en Madrid», el periódico El Colombiano agregaba: «La multitud aclamaba al nuevo césar». Y recuerdo bien el titular de la portada de ese mismo diario del 10 de abril de 1948, el día después del asesinato de Gaitán: «Golpe comunista».
Tengo tres ejemplos recientes. Uno: la cobertura de El Colombiano a los resultados de la consulta del Pacto Histórico, un esfuerzo que, basado en certezas, intentó con poco acierto presentar como poco lo que cualquier analista político encontraba como mucho. Dos: el debate insignificante sobre la existencia de un traductor al persa de la biografía de Gustavo Petro, con el que Luis Carlos Vélez (otrora director de la FM, hoy podcaster, siempre alimentador del sesgo de confirmación de sus oyentes) demostró que el periodismo le interesa poco. Y tres: una foto de una chica completamente decepcionada con la que el periódico El Tiempo acompañó un trino sobre el descenso del desempleo en Colombia.
Pero mucha agua corrió entre la primera década del siglo XX y los años que siguieron y avanzó la discusión sobre la pretendida objetividad de los medios, tanto que los mismos medios como los periodistas se lo creyeron. O nos lo creímos, diría. Cuando me formé como periodista, en mis años universitarios y en parte de los que pasé ejerciendo el oficio, la palabra objetividad saltaba con frecuencia, no para debatirla, sino para cumplirla.
Luego me topé con otra, que me pareció más sensata: ecuanimidad. Eso es, los periodistas deberían perseguir cierta imparcialidad en el juicio. No es que no lo tengamos, es que deberíamos luchar contra él; lo verdaderamente interesante —y no por ello menos difícil— es contar y explicar los hechos con independencia de las convicciones personales. Pero en ello se falla, y en grande.
Podríamos encontrar algunas excusas para exculpar cuando eso ocurre: el populismo informativo para combatir el populismo político, por ejemplo. El fin del modelo empresarial que sostuvo a los medios (la venta de avisos) y la actual necesidad de sumar visitas a los sitios web por millones, lo que obliga a convertir hechos en espectáculos, a ver si más gente da clic. La precarización del oficio, con periodistas obligados a escribir más y “reporterear” menos…
Pero el punto es que se siente cierto abandono. Como si los grandes medios se hubieran dado por vencidos, como si no hubiera en ellos quien se resistiera a los intereses de los dueños. O que solo estuvieran al frente los que comulgan con ellos o quienes se resignan a cumplir el mandado. Pero el problema no es el periodismo, pues ejemplos del bueno sobran en eso que denominamos alternativo. Ahí están Vorágine y El Armadillo, por ejemplo, librando sus batallas. Es en los otros, en esos que insistimos en llamar masivos, que aún tienen el mayor peso en la formación de eso que conocemos como opinión pública, es donde —siento yo— se desfigura el oficio, donde se juega con los datos y los contextos. Donde, sin mucho problema, hay quien podría volver a llamar nuevo césar al dictador Franco si se les presentara la oportunidad.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/