Un papá

Para escuchar leyendo: Dónde estarán tantán, Jorge Velosa.

Certezas, tengo más bien pocas. Además de la muerte, un par de amores y el deseo de una arepa al desayuno en la mañana siguiente, pocas cosas tengo seguras en mi vida. Pero hay una, si se quiere académica -la única máxima de mi profesión que me atrevo a pontificar-, que en cada elección me confirmo más: Los colombianos, cuando eligen alcalde, votan por un mayordomo; que les tenga bonito, seguro y con capacidad de disfrute el lugar donde viven.

En cambio, cuando eligen presidente, votan por un papá; una figura que resuelva los temas trascendentales como la salud, la educación, el empleo. Sobre todo, y por algún tema del subconsciente colectivo, una figura que inspire respeto y una suerte de temor. Ahí reside, en buena parte, lo que algunos llamamos majestad presidencial, una mezcla de autoridad moral, compostura y distancia justa. No exagerada, no altiva; simplemente suficiente para que el cargo no se convierta en un micrófono más dentro del ruido nacional.

El problema es que esa majestad se ha ido desvaneciendo. Y no por casualidad. En un país donde la frustración lleva años acumulándose, la figura del presidente dejó de ser el adulto que ordena la casa para convertirse en otra voz más dentro del tumulto. Y al perderse la frontera simbólica que separaba al jefe de Estado del resto del debate público, nos acostumbramos a exigir menos en lo importante y más en lo inmediato: que grite, que regañe, que pelee, que dé sensación de fuerza, así esa fuerza no se traduzca en resultados.

Es como si el país hubiera confundido el tono con la autoridad, el manoteo con el liderazgo, la pose de bravero con la capacidad de gobernar. Y así nos encontramos hoy, queridos lectores, a nada de una nueva elección, con aspirantes que creen que basta con parecer un justiciero de caricatura para hacerse cargo de un Estado que exige algo más complejo: serenidad, criterio, conocimiento, sentido institucional. Sobre todo, hacerse cargo de un país que vive, quizás, su hora de mayor polarización.  Todo eso que suena menos espectacular en un video corto, pero que hace la diferencia entre gobernar y simplemente hacer presencia.

La majestad presidencial no es un asunto de solemnidades trasnochadas ni de liturgias republicanas. Es, en esencia, una actitud. La capacidad de hablar cuando es necesario, de callar cuando corresponde, de entender que cada palabra pesa más cuando se pronuncia desde el cargo más alto del país. Y que un presidente, por su oficio, no puede darse el lujo de ser un agitador más. No debería.

Pero en Colombia, donde lo urgente devora lo importante, hemos caído en la tentación de preferir el ruido al juicio, la molestia al mérito. Aplaudimos al que golpea la mesa, al que se ufana de tener güevas, porque creemos que eso es autoridad, sin notar que muchas veces solo es un truco para ocultar la falta de argumentos. Y terminamos, elección tras elección, buscando un papá que grite duro, no uno que sepa guiar.

Quizá por eso, cada vez más, la conversación pública se llena de candidatos que se venden como salvadores temperamentales, como si el país necesitara un patriarca de voz estruendosa en lugar de un servidor público serio, honorable, capaz de tomar decisiones difíciles sin necesidad de convertirlas en espectáculo.

A mí, en cambio, me parece que la majestad presidencial debería nacer de otro lugar: de la decencia. De la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. De la capacidad de reconocer errores sin culpar al universo. De entender que gobernar no es intimidar ni humillar, sino articular la inteligencia colectiva de un país que ya tiene suficientes heridas como para agregarle más gritos.

Al final, si se trata de papás, de presidente yo prefiero uno como el mío, que tenga la valentía de la decencia.

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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