La semana pasada se publicaron los resultados del Informe Mundial de Felicidad 2026, liderado por el Centro de Investigación para el Bienestar de la Universidad de Oxford. El informe incluye 140 países y combina 6 grandes variables, PIB, apoyo social, esperanza de vida saludable, libertad, generosidad y percepción de la corrupción.
A pesar de la leyenda que nos contamos hace muchos años, Colombia no es el país más feliz del mundo. Nunca lo ha sido. No podría serlo. Siempre me he preguntado cómo podría un país con más de 9 millones de víctimas de un conflicto armado que aún persiste calificarse como “feliz”. Nuestra mejor figuración fue en el puesto 37 en el año 2018 y, desde entonces, hemos caído al puesto 61 (2025) para situarnos en medio del pelotón.
Finlandia (noveno primer puesto consecutivo), Islandia y Dinamarca lideran el listado más reciente manteniendo un patrón ya muy establecido en cuanto a los altos niveles de felicidad de las socialdemocracias del norte europeo. La mezcla entre ingresos altos, un sistema social robusto, un alto nivel de confianza en las instituciones, una baja percepción de corrupción y la existencia de redes sociales de apoyo permiten que un porcentaje importante de las personas se sientan contentos con sus vidas y con sus posibilidades futuras.
La sorpresa de este año fue Costa Rica que logró meterse al cuarto puesto en medio de los países nórdicos. Este pequeño país, rodeado de vecinos complejos en una zona que ha sido volátil, ha estado entre los 20 primeros puestos desde que empezó la medición y de manera consistente logra altos puntajes en apoyo social, conexiones familiares, generosidad y en las relaciones sanas con el entorno natural. ¡Pura vida! como dicen los Ticos.
Comprendo que la felicidad es una emoción compleja, cambiante y polifacética y que este informe se construye a partir de las percepciones de los ciudadanos de cada país,sin embargo, es interesante analizar algunos de los patrones y de las reflexiones que se derivan de las respuestas a lo largo de los años. En este último informe, por ejemplo, se conecta el uso extensivo de las redes sociales con un declive en el estado de ánimo de la gente joven, especialmente de las niñas. Las redes sociales están posicionando modelos de vida y estéticas corporales que afectan la autoestima y generan angustia y ansiedad, sobre todo, en los más jóvenes. La idea, aceptada ampliamente hasta ahora, de que la niñez y la juventud son épocas de felicidad está cambiando. Otro efecto directo del uso de las redes sociales y de sus consecuencias en la percepción de felicidad es la caída en las interacciones sociales presenciales. Cada vez es menos frecuente que la gente se encuentre físicamente y, esto también está probado en los informes, afecta el estado de ánimo y los niveles de felicidad.
A lo largo de los años se ha consolidado una paradoja muy particular. A pesar de que los individuos que se consideran políticamente de derecha se perciben más felices que aquellos que se matriculan en la izquierda, las sociedades con sistemas e instituciones moldeadas desde la izquierda democrática, -red de apoyo social, instituciones públicas, menos inequidad-, obtienen mejores resultados en el índice general de felicidad.
En los informes anuales también queda claro que aquellas personas con grupos familiares extensos o que pertenecen a comunidades cercanas, territoriales, religiosas, deportivas, suelen presentar niveles de felicidad mayores a quienes viven solos o desconectados de grupos de apoyo. Esta conclusión se sustenta en otras investigaciones como, por ejemplo, el Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, que acompañó a 724 hombres durante 78 años. Las relaciones humanas cercanas permiten vivir más tiempo, con mejor calidad de vida y con mayores niveles de felicidad.
Termino con unos de los temas que más me interesa en estos momentos y que ha sido afectado por los cambios y desarrollos de los últimos años: la confianza. Año tras año se ha probado la relación directa que existe entre confianza y felicidad. Las personas que creen en la bondad y la benevolencia de los demás exhiben siempre mejor percepción de felicidad. Lo mismo aplica para quienes confían en las instituciones que los rodean. Vivir en sociedades altamente fragmentadas y fracturadas en las que no se confía ni en los demás ni en las instituciones es más oneroso, riesgoso y triste.
Todos los ranking y listados son caprichosos y limitados. La felicidad tiene un gran componente individual y psicológico, hay múltiples variables en juego y es muy riesgoso aventurarse a catalogar la vida de las personas, lo que conocemos, en una escala de felicidad. No obstante, los resultados de informes como el analizado nos dan líneas, patrones y evidencias que sirven para estructurar mejores sociedades y, ojalá,x vidas más felices.
Entrando en la recta final de las elecciones presidenciales hay que insistir en que lo que está en juego no es la personalidad, el estilo, el tono de voz y la estrategia de los candidatos, sino el proyecto de sociedad en la que queremos vivir y en el que nos imaginamos siendo felices.
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