¿Un mal candidato?

Debo aclarar que hoy me referiré a una persona con la que hace algunos años trabajé y con la que hoy tengo una amistad.  No es entonces este texto un análisis objetivo (¿cuál verdaderamente lo es?), por el contrario, intervienen en él los afectos y los sesgos. Ello no impide que, dado que estamos en época electoral, exprese algunas opiniones sobre Sergio Fajardo.

Sergio Fajardo ha ganado y ha perdido elecciones. De las seis en las que ha participado,  ha ganado dos, la Alcaldía de Medellín en el 2003 y la Gobernación de Antioquia 2011. En términos beisbolísticos y electorales está bateando 0.333 que es muy bueno, pero, para la mirada política desprevenida de quienes nunca han hecho una campaña, ha perdido el 66% de las veces. 

Por su desempeño como gobernante, fue elegido en su momento como el mejor alcalde y el mejor gobernador del país y, tanto sus planes de desarrollo, como sus programas y proyectos en temas como urbanismo, DDHH y educación, se han hecho merecedores a premios y reconocimientos desde diferentes entidades nacionales e internacionales. 

Son muchas las críticas que le lanzan a Fajardo en su condición de candidato, pero se pueden resumir en tres grandes temas. El primero tiene que ver con su incapacidad para hacer alianzas (“Solo no llega nadie”). El segundo, gira alrededor de su insistencia en la lucha contra la corrupción y el clientelismo (“No habla de nada más”) y, el tercero, es el clásico señalamiento de “tibio” porque, según dicen, no emociona a los electores.  Como se verá a continuación, cada una de estas críticas evitan e ignoran, muy convenientemente, hechos, decisiones y situaciones.

El señalamiento a Fajardo por no ser capaz de hacer alianzas políticas, que suele ir acompañado de un “es que tiene un ego inmenso” (díganme qué político no lo tiene), carece de fundamento en su historia electoral.  Salvo en las campañas a la alcaldía de Medellín, en todas las posteriores sí lo hizo. Con Antanas Mockus en el 2010, con Aníbal Gaviria y un sector del liberalismo antioqueño en el 2011, con Claudia López, Antanas Mockus y Jorge Robledo en el 2018 y con Alejandro Gaviria, Humberto de la Calle, Juan Manuel Galán, Juan Fernando Cristo, Carlos Amaya etc. en 2022.  Se pueden criticar las coaliciones y sus participantes, pero es falso que no sea capaz de establecerlas.

Se dice, además, que la historia hubiera sido muy distinta si Fajardo y De la Calle se toman el tinto en la campaña del 2018. El señalamiento es falaz porque el tinto, efectivamente, se lo tomaron y Fajardo le dijo a Humberto que trabajaran juntos, pero sin César Gaviria, quien se vende al mejor postor y consolidó al Partido Liberal como una guarida de corruptos y clientelistas. Gaviria hundió a De la Calle y habría desfigurado cualquier campaña. Miren lo que ha pasado entre Gaviria y Petro y entre Gaviria y Uribe. No se podía en el 2018 y no se puede ahora. Vendrán nuevas alianzas.

En cuanto a su supuesta incapacidad o falta de voluntad para hablar de los problemas del país y para plantear soluciones a los mismos porque se queda en el asunto de las formas (“el fetiche de las formas” dijo alguien esta semana) tampoco tiene sustento en la historia y en el desarrollo de las campañas. Fajardo, a diferencia de otros candidatos, ya ha gobernado y ha tomado decisiones en múltiples frentes (todas se pueden constatar sin mucho esfuerzo), pero además es un obsesivo con respecto a la construcción de los planes de gobierno por parte de equipos temáticos. En esta campaña, por ejemplo, ya ha lanzado iniciativas amplias en temas de salud, seguridad e infraestructura. No veo a otros candidatos haciendo lo mismo y en estas propuestas hay posiciones contundentes y claras sobre los retos que enfrentamos. Ahora, insistir en cambiar la manera de hacer política no es un tema ni de tramite ni exclusivamente de forma. El gobierno Petro es buen ejemplo para entender esto. El plan y el discurso se ahogan entre el clientelismo, la corrupción y la mentira. Hay que proponer planes y asegurar su desarrollo dentro de la ley.

Finalmente, llegamos al señalamiento sobre su incapacidad de emocionar. A diferencia de las anteriores críticas, no hay datos y cifras para desmentir tal afirmación y creo que quienes la hacen tienen algo de razón.  ¿Qué es lo que nos emociona a los colombianos? ¿Qué nos hace levantarnos a votar por alguien un domingo de mayo? No son las propuestas ni el equipo de gobierno ni la experiencia del candidato. En este momento, y en este mundo de algoritmos y bodegas, nos movilizan emociones como la rabia y el miedo y quienes logren encarnarlas parecen tener mejores posibilidades de salir elegidos. Fajardo y sus equipos, que no quieren movilizar desde el miedo o la rabia, no han logrado identificar o construir una narrativa que emocione. ¿La esperanza?  ¿El respeto? Confieso que no tengo una respuesta de cómo romper la espiral de emociones negativas.

Los algoritmos no votan. Los ciudadanos, después de todo, tenemos el poder. Podemos seguir pidiendo emociones y jugando el juego de la rabia y el miedo o, asumir posiciones de fondo y no simplemente mediáticas y de coyuntura, para elegir a alguien más tranquilo y analítico que no emociona tanto, pero que nos puede dar la posibilidad de otro país.  La decisión está entonces entre votar por candidatos que emocionan y profundizan nuestros males o por un candidato que sabe sumar, que protege los recursos y que ha demostrado buenos resultados.  No parece tan difícil.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/

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