Un duelo invisible

“Todo lo que amamos se convierte en una ficción”.

Amélie Nothomb.

En el año 2023, la escritora española Nuria Labari publicó una columna en El País que decía:

“El año pasado una amiga rompió conmigo. No una amiga cualquiera, sino una con la que había atravesado buena parte de mi vida. Pasó de un día para otro. Ella decidió de forma unilateral terminar nuestra relación. No peleamos, no hubo un distanciamiento previo. Simplemente me dejó. Desde entonces, reconozco que no he sabido cómo manejar este abandono y no he encontrado, además, ningún relato al que agarrarme. Y no me refiero a un relato sobre nosotras dos (que por supuesto tampoco), sino uno que justifique el abandono de una amistad sin ningún rito, explicación o despedida”. *

Ahora, la amiga que me dejó es la mía, este año, hace apenas unos meses. No en el momento en que más la necesitaba, como relata Labari más adelante, pero sí en un  momento en el que no me imaginaba que algo así podría pasar. 

Llegué primero al libro La amiga que me dejó, de Nuria Labari (Ed. Debate, 2026), como llego a todo lo que leo: practicando la lectumancia, o como dice Natalia Zuluaga, la creadora del pódcast De historia en historia a lomo de libro: “uno va por la vida y de repente se le aparece un libro”. El caso es que estaba dándole cierre a un duelo y empecé otro, sin ruido, sin abrazos, flores ni condolencias. 

Pensé en la amistad y en su fin tan arbitrario y volátil. Un fin que al parecer queda suspendido en la nada. Como Labari, empecé a crear mi propio relato para darle significado, mientras buscaba esos fragmentos de memoria y ahondaba en los recuerdos a los qué aferrarme para darle una despedida, no a ella, porque respeto su decisión y negativa a decirme mucho más de lo que me dijo, sino a mí, a esa parte de mí que existió con ella.

Sostenerme con lo que queda: imágenes, frases, gestos inolvidables, el sonido de una voz que reconocería en una multitud. La paradoja de las relaciones afectivas: que la memoria no destruya lo que la distancia sí. 

En nuestra última conversación me dijo que ella no quería quedar como la mala en mi discurso, pero que sospechaba que así sería. Creo que ninguna de las dos es mala por ser humana y por sentir o equivocarse. Para mí,  la amistad y el amor se dan entre iguales, pero si hay que asumir responsabilidades y hacerse cargo, lo hago. No le tengo miedo al error, ni a la fragilidad. 

“El infierno son los otros”, escribió Jean Paul Sartre, por el misterio que supone lo infranqueable que es el yo. No porque seamos malos, sino por la imposibilidad de que nos vean y veamos a los demás de forma objetiva y con todos nuestros matices. 

La amistad, aunque parece simple, es más vulnerable que el amor, no hay un punto final, y peor aún, como dice Labari, “cuando te deja una amiga, se despliegan ante ti cuatro tópicos perfectamente engrasados para menospreciar la amistad perdida: toxicidad, interés, amputación y progreso”. Pocas palabras, silencio alrededor. Decirle adiós a un fantasma y, al mismo tiempo, aprender a tenerlo cerca.

https://elpais.com/ideas/2023-06-10/aprender-a-desquerer-a-una-amiga-sin-relato-disponible.html

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