Leí hace poco, en un texto de Alberto Manguel sobre Borges, que este —el autor de El milagro secreto y Tres versiones de judas— dijo en alguna ocasión que ser argentino era un acto de fe.
No soy quién para desmentir a Manguel. Diré, entonces, que así mismo definió Borges ser colombiano. O por lo menos eso le hace decir el escritor al protagonista de su cuento Ulrica, Javier Otárola, cuando lo cuestionan. Lo he citado antes, en otra columna en este mismo medio. Es esto:
«Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.
Me preguntó de un modo pensativo:
—¿Qué es ser colombiano?
—No sé —le respondí—. Es un acto de fe».
A lo mejor Borges pensaba que ser latinoamericano —si es que alguna vez él, mezcla de Nortumbria y la pampa, acaso lo pensó— era eso mismo: una confianza ciega en algo. O quizá pensaba que esa era la respuesta más sensata ante la pregunta sobre qué es un ser humano y por eso lo mismo lo dijo para ser argentino que colombiano.
Sin embargo, quedémonos en eso del latinoamericanismo. Pasó hace una semana y aún no se detiene la conversación (el sobreanálisis, los memes, la celebración, la indignación, la exageración, la discusión) sobre el espectáculo que brindó Benito Antonio Martínez Ocasio en el entretiempo del supertazón.
A mí lo que me quedó rondando es la pregunta sobre qué es, exactamente, ser latinoamericano. O lo latino, que en ese extraño devenir de las palabras que terminó por convertir este vocablo en el concepto que reúne a millones de personas que crecieron lejos en el tiempo y la distancia del Lacio o el viejo imperio. Alea iacta est.
Hay algo que nos une y nos iguala, algo inasible que nos hace masa más que comunidad y que nos permite reconocernos, una complicada red de historias repetidas, de muchas pérdidas, pocos triunfos y muchos anhelos en los que coincidimos los millones de habitantes que, sin importar dónde estén hoy, nacieron en alguna de las naciones entre el río Bravo y el cabo de Hornos. ¿Pero qué?
«No debe ser fácil caracterizar “lo latinoamericano” si hay que recurrir una y otra vez a esos clichés pequeños y parciales», escribió Martín Caparrós en Ñamérica, el extenso texto donde mezcla ensayo y periodismo intentando responder a esa pregunta.
Por eso Caparrós, quizá, fue tan reacio a celebrar “lo latinoamericano” en aquel show de Bad Bunny: «¿En serio esta es la expresión cultural latina que queremos oponer a la violencia bruta y machista de Donald Trump?», se preguntó primero. «¿No te parece que retomó todos los lugares comunes norteamericanos sobre «los latinos»? Cañeros, culos de mulata, mano en la verga, viejos en la plaza. A mí me sonó como reivindicar a España con toreros, sevillanas y procesiones.
América Latina es otra cosa, creo», argumentó después, en medio de la sobrerreacción crítica con la sobrerreacción aduladora sobre esos trece minutos de reguetón.
Y yo vuelvo a ver esos 780 segundos de contoneo y un canto que pese a ser en español no me pareció del todo claro, ininteligible por su acento caribeño o por la impostura que reclama el género musical que interpreta, no lo sé, y claro que veo allí lugares comunes, costumbres repetidas en cada uno de estos países que es una tierra de riquezas que alcanzarían para todos, pero no se comparten, y que se convirtió, entonces, en un territorio de lucha y subsistencia para las mayorías, que sobreviven como pueden, algunos estirando cuanto pueden el límite de lo ético y lo legal: sálvese el que pueda.
Porque sí, somos un paisaje repetido, lo mismo en el desierto, la montaña o junto al mar: ciudades que crecen sin orden, donde es fácil reconocer los mismos patrones, por ejemplo, que en los barrios pobres escasean los árboles.
Nos iguala la desigualdad. Y el realismo mágico, que por acá es casi costumbrismo, como me dijo un amigo. Nos parecemos en la desigualdad, en que en cada ciudad habrá un barrio que parece tenerlo todo y cientos que todo lo carecen. Donde parece que se turna el poder, pero donde parecen perder siempre los mismos.
Nos iguala que somos tierra de creyentes que se confunden con los crédulos, que pueden ser lo mismo pero no es igual. Nos asemeja que somos pueblos en guerra con nosotros mismos, un reclamo permanente, pero quizá no tenemos claro qué es lo que reclamamos o a quién dirigir nuestro enojo.
La historia nos dio un lugar como víctimas, pero fue fácil llenarse de victimarios. Por las calles de nuestro país la altivez se confunde con el arribismo, y la dignidad asoma poco, porque somos, también sumisión con un poco de rebeldía permitida que, para algunos, es más que suficiente para sentirse plenos e identificados.
Pero al final esta columna es quizá eso mismo: una suma de clichés pequeños y parciales.
Estamos pues, en un intento permanente por reinventarnos, por nombrarnos, por identificar qué sí y qué no es lo que nos hace ser como somos, y en ese camino a veces olvidando lo que fuimos y parece que no tenemos muchas ideas de lo que seremos. Por ahora lo más cercano quizá sea eso que dijo Borges: un acto de fe.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/