Trumpieso de la sociedad y el fútbol

Hay políticos que gobiernan. Donald Trump, en cambio, parece convencido de que su misión es algo más ambicioso: arbitrar la realidad.

Durante años, el presidente estadounidense ha opinado sobre las elecciones de otros países, ha cuestionado decisiones soberanas, ha redefinido aliados y enemigos internacionales y ha intervenido discursivamente en conflictos que ocurren a miles de kilómetros de Washington. La lista es tan extensa que ha terminado por producir un fenómeno peligroso: la normalización de la omnipresencia del poder.

Por eso resulta tan revelador que Trump haya celebrado públicamente a la FIFA y a Gianni Infantino por la eliminación de la sanción que impediría a un jugador estadounidense disputar el siguiente partido tras una expulsión. El asunto podría parecer anecdótico. Después de todo, se trata apenas de fútbol. Sin embargo, precisamente ahí radica su importancia.

Porque el problema no es que Donald Trump opine sobre una decisión deportiva. El problema es que hemos llegado a un punto histórico en el que la intervención del hombre más poderoso del mundo en un asunto deportivo no produce escándalo, sino resignación. Como si fuera natural que el poder político se extendiera, poco a poco, hacia cualquier espacio de la vida colectiva.

George Orwell entendió antes que nadie que el poder absoluto nunca se conforma con gobernar instituciones. En 1984, el Partido no aspiraba únicamente a controlar el Estado; aspiraba a controlar la realidad. La autoridad máxima no consistía en hacer cumplir las reglas, sino en decidir cuándo las reglas existían y cuándo dejaban de existir. La verdad no era un hecho; era una prerrogativa del poder.

Tal vez por eso Trump representa tan bien el espíritu político de nuestro tiempo. No porque sea particularmente original o excepcional, sino porque ha comprendido que la sociedad contemporánea admira más la demostración de poder que su limitación. Su liderazgo no se basa únicamente en gobernar Estados Unidos, sino en proyectar la imagen de que ningún asunto del mundo le es ajeno. Cada intervención en una elección extranjera, cada opinión sobre un conflicto internacional y cada felicitación a una institución que aparentemente ha cedido a sus intereses cumplen la misma función: recordar que él puede estar presente en cualquier conversación.

El fútbol, por supuesto, siempre ha tenido una dimensión política. Las dictaduras lo utilizaron para legitimarse; las democracias, para construir identidad nacional; los gobiernos, para proyectar influencia global. Pero incluso en medio de esa instrumentalización histórica, sobrevivía una ficción necesaria: la idea de que existían espacios relativamente autónomos, gobernados por reglas propias y protegidos, al menos simbólicamente, de la arbitrariedad del poder político. Lo verdaderamente inquietante es que esa ficción parece estar desapareciendo.

Cuando un presidente puede intervenir en guerras, mercados, sistemas judiciales, organismos multilaterales, elecciones extranjeras y, eventualmente, hasta en decisiones deportivas, sin que ello provoque una reacción proporcional, no estamos frente a un problema de personalidad. Estamos frente a una transformación cultural mucho más profunda: hemos comenzado a aceptar que el poder, cuando alcanza determinada magnitud, adquiere el derecho implícito de expandirse hacia cualquier esfera de la existencia.

Orwell también comprendió que el mayor triunfo del poder no consiste en imponerse por la fuerza, sino en lograr que su expansión parezca natural. Que los ciudadanos dejen de preguntarse dónde están los límites porque han olvidado que alguna vez existieron.

Por eso el episodio del fútbol importa más de lo que parece. No porque una tarjeta roja vaya a cambiar la historia del mundo, sino porque revela hasta qué punto hemos dejado de sorprendernos cuando alguien pretende estar por encima de las reglas. El verdadero triunfo de Donald Trump no es que pueda influir en todo. Es que haya logrado convencernos de que intentar hacerlo es perfectamente normal.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

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