Tras la náusea, reafirmo mi voto por Paloma

“Incuestionable es que van quedando cada vez menos referentes, y que ese desamparo, si nada lo impide, engendrará los peores monstruos”. Azahara Palomeque.

Hace una semana publiqué una columna sobre mi voto para presidente de Colombia por quien, en un momento menos oscuro, jamás hubiera votado. Eso fue decir en voz alta —peor: escribir, dejar escrito— que apoyaría lo que tanto he criticado, reconocer prioridades que son precisamente debilidades de la candidata, de su partido, de su temible jefe.

Recibí muchos mensajes. Algunos para manifestar sintonía. Otros agradeciendo un apoyo para tomar esa decisión incómoda. Otros, voces a las que valoro y admiro —aquí empieza la falta de oxígeno—, para decirme que disentían, pero que apreciaban la valentía y la sinceridad. Y, otros, al fin, para manifestarme directamente su profunda decepción. Los insultos de desconocidos en Twitter no caben, pues son ese veneno vacío que ya nos hemos acostumbrado a ver circular.

Esa noche me acosté con una náusea. No por haberlo dicho ni por los mensajes, sino por mi capacidad de llegar a esa decisión. Pensaba en mi verdadero candidato con vergüenza, con dolor. El fin de semana casi asumí que llegaría a arrepentirme. Pensé en la impotencia y la frustración que me produce este país, esta sociedad tan capaz de la ceguera. Haber llegado a esto. Propiciar tantas situaciones sin salida que, tras serse fiel uno mismo reiteradamente en contra de la práctica, exista la capacidad de tragarse un sapo del tamaño de un dinosaurio con el argumento de no contribuir al incendio.

Sergio del Molino escribió que “nada legitima tanto a un político como el desprecio agresivo de los oponentes. Es un mandamiento estratégico muy viejo: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Incluso aunque fuera mi enemigo antes”. Parece que somos el país necesitado de enemigos, siempre mirando a quién derrotar, a quién odiar, y entonces elevamos lo que sea extremo, al que más amenace con aplastar, al que más duro hable, al que llene la cuota de sangre. Y eso no es sino la garantía de un futuro muy oscuro.

Este es el país que me tocó: un reto intelectual y moral y sangrante que hay que asumir cada día intentando no desaparecer en el camino. Durante la tarde del domingo, bajo ramas de eucaliptos meciéndose al viento y filtrando los rayos del sol, tres cuartos de luna luminosa sobre el cielo azul, eufonias y azulejos comiendo plátano y silbando —todo eso parte de la misma tierra iracunda—, sentí el consuelo. Ese consuelo casi invisible, cegador, que lo llena todo. Pensé en que hay que buscarlo hasta verlo. En que es la única posibilidad, la única calma. En que incluso en este país está el consuelo.

Han pasado unos días. La náusea ronda, pero ya no domina. Patética, triste, ciegamente, existen los que no han sentido en su profundidad la naturaleza —muchos, paradójicamente, creen en Dios— y están dispuestos a destruirla. Seguro encuentran consuelo en cosas más obvias. Hay quienes argumentan que sin economía no hay nada. Yo digo que sin naturaleza no hay economía. Son necesarias las dos. Por eso hay que elegir, dentro de la coyuntura de lo que hoy es posible, la opción más equilibrada, para no dedicarnos a destruirlo todo y, entonces, malvivir.

Reafirmo mi voto por Paloma Valencia como la alternativa más incluyente hoy. Elijo con base en el presente, intentando participar en un futuro menos tenebroso, con una esperanza tenue que he de fortalecer. Escribió Luis García Montero, tras leer un ensayo sobre los horrores de nuestro tiempo que lo dejó destrozado, que “bajo el ruido crispado de la actualidad, hay una estrategia precisa de acostumbrarnos a convivir con lo intolerable”. No acostumbrarnos a vivir con lo intolerable. Luchar contra la ceguera. Esa debe ser la premisa, la única forma de cambiar un país.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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