Si no le alcanza para vivir en el país, váyase. A eso sonó el mensaje del presidente de la semana pasada, donde recomendaba comprar carros eléctricos, debido al alza de la gasolina.
Junto con el discurso de que el pobre no se ve afectado por la gasolina, el último mensaje fue decepcionante y sorprendente; el gobierno no sólo no reconoce la necesidad, sino que es ajeno a la realidad económica del país.
La geografía de nuestro país es muy costosa, tenemos la producción en el centro y el difícil acceso por el territorio a los puertos, con los tiempos de transporte elevados que conllevan las fricciones logísticas de mover mercancía sobre tres cordilleras. Cada peso que sube el galón se reparte como un impuesto invisible en el plátano que llega a Bogotá, en el pollo que sale de Santander, o en el tomate que cruza desde Boyacá. El galón pasó de un promedio nacional cercano a $15.551 a comienzos de abril a $15.848 con el ajuste del 4 de mayo, 300 pesos no son menos, ni son una cifra lejana o menor, es un sobrecosto que el transportador no se come, que el productor no absorbe y que termina, como siempre, en la mesa del consumidor.
Y aquí está la trampa del discurso oficial, decir que «el pobre no se ve afectado» porque no tiene carro, es un engaño, el pobre también come, se moviliza en bus y compra los alimentos que llegan a las plazas, y no llegan caminando. La inflación de 2025 cerró en 5,10%, muy por encima de la meta del Banco de la República, y los rubros más sensibles al combustible, transporte y alimentos, pesan tanto en la canasta de un hogar de bajos ingresos que cualquier alza opera como un tributo regresivo. Quien menos tiene, proporcionalmente más paga.
Acepto técnicamente el argumento técnico. El Gobierno sostiene que no puede volver a subsidiar la gasolina porque, mientras la guerra en Irán mantenga presionado el petróleo, repetir el subsidio quebraría al Estado. Anif estima que el desfase obligaría a destinar más de $360.000 millones en subsidios a la gasolina este año, mientras los apoyos al diésel superarían los $1,4 billones. Todo eso es cierto y es serio. Pero una cosa es explicar la decisión y otra muy distinta es la «solución» que propone el Ejecutivo: “cómprese un carro eléctrico”.
Aun siendo muy positivos, si hacemos cuentas, los eléctricos de entrada en Colombia, oscilan entre 49 y 80 millones de pesos. El salario mínimo para 2026 quedó en $1.750.905, más auxilio de transporte de $249.095, para un total de $2.000.000. Eso significa que un trabajador del mínimo necesitaría dedicar veinticuatro meses íntegros de salario, sin gastar un peso en arriendo, comida ni servicios, para comprar el eléctrico más barato del mercado. Y eso suponiendo que viva al lado de una estación de carga, que tenga dónde estacionar, y que no le importe que la red eléctrica colombiana siga dependiendo de hidroeléctricas vulnerables.
La transición energética es necesaria. Nadie con sensatez lo discute. Pero la transición no se decreta con un trino ni se financia con la billetera del transportador, del tendero, ni del que se levanta a las cinco de la mañana a coger una buseta, se hace con infraestructura de carga, con incentivos tributarios reales, con líneas de crédito blando, con chatarrización ordenada. Y algo tengo muy claro, nada de eso tenemos a la escala que el discurso presidencial sugiere.
Mientras tanto, queda la cuenta: gasolina al alza, diésel rezagado pero apretando, un FEPC con un hueco proyectado cercano a $3,8 billones para 2026 si se mantiene el subsidio al diésel, inflación con rezagos y un salario mínimo cuya capacidad de compra se evapora cada vez que el galón sube otros $400. No más discursos, necesitamos una población consciente de la economía, que entiende que est atiende a la geografía, al precio internacional, a la cadena logística y al bolsillo del consumidor.
Si la respuesta del Gobierno a una decisión económica difícil es decirle al ciudadano que se compre algo que no puede pagar, el mensaje deja de ser política pública y se convierte en confesión, no hay plan, hay eslóganes. Y los eslóganes, lamentablemente, no llenan tanques ni canastas familiares, sólo alimentan el populismo.
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