Super Mujeres

Me crié con dos papás que trabajaban muchísimo. Mi papá siempre fue resiliente y responsable, y hacía lo que podía con lo que tenía. Cuando las cosas se ponían difíciles, el estrés se le notaba; no era raro en un contexto donde a los hombres se les pedía sostener el hogar desde lo económico, aunque nadie les enseñara a procesar sus propias emociones.

Mi mamá, en cambio, enfrentaba las dificultades en silencio. Era de las que se guardaban todo: las preocupaciones, los enojos, las tensiones. Mientras mi papá exteriorizaba lo que sentía, ella optaba por contenerse, por mantenerse firme incluso cuando no era fácil.

Y además —como si la vida no fuera ya suficientemente exigente— estaban las tareas del hogar. Desde que tengo memoria, mi mamá hacía el desayuno y lavaba los platos. Cuando ambos llegaban del trabajo, ella seguía: cocinaba, ordenaba, dejaba la casa lista. Nunca lo cuestioné. Era “lo normal”. Solo ahora, de adulta, empiezo a revisar esa normalidad.

Mi mamá se casó a los 26 años y soñaba con tener una familia. También tenía una profesión. Vengo de una línea de mujeres que estudiaron desde la época de mi abuela; incluso mi bisabuela, que no enseñó a cocinar, sí enseñó a ser independiente. Aun así, las mujeres de la generación de mi mamá quedaron atrapadas entre dos expectativas: cumplir con el ideal familiar tradicional y, al mismo tiempo, responder a las exigencias de una vida laboral que les daba independencia económica y desarrollo profesional.

Y cuando repaso todo eso, inevitablemente me pregunto: ¿cómo carajos lo hizo a mi edad? ¿Cómo organizó tantas prioridades sin desbordarse? ¿Cómo sonrió cuando estaba cansada, cómo consoló cuando necesitaba consuelo, cómo siguió adelante cuando el peso era demasiado?

Las mamás de nuestra generación recibieron una carga particularmente compleja: tuvieron que responder por la casa y por el trabajo, sin que ninguna de las dos responsabilidades disminuyera. Nuestras abuelas tampoco tuvieron reconocimiento ni libertad económica, pero al menos estaban ubicadas en un rol definido —injusto, sí, pero claro—. Las mamás, en cambio, quedaron en medio de dos mundos que crecían en paralelo y tuvieron que cargarlos ambos.

No culpo a mi papá por no haber tenido más iniciativa: sus mamás —las mamás de todos los papás de esa época— cargaban con el peso del hogar, y los hombres, por el simple hecho de ser hombres, no asumían esas responsabilidades. Incluso, llegaban al punto de no permitírselas. Por tradición, por obligación, por voluntad propia, por sentirse indispensables, por cumplir con lo que se entendía como deber marital, por buscar afecto a través del cuidado, por demostrar amor de esa manera… por la razón que fuera, así fue.

Pero ese legado dejó una distribución desigual de cargas que muchas mamás de hoy siguen arrastrando, aun cuando la vida moderna exige una estructura completamente distinta.

La capacidad de aguante, el silencio y el sentido del deber de esa generación de mujeres hicieron que todo pareciera funcionar, pero también invisibilizaron la necesidad urgente de corresponsabilidad. Si queremos cambiar ese patrón, tenemos que empezar por nombrarlo: preguntarnos por qué seguimos aceptando que las mujeres sumen responsabilidades sin soltar ninguna; reconocer que un hogar no se sostiene desde el sacrificio unilateral.

Y recordar que “ser fuerte” no debería equivaler a “soportarlo todo”.

Porque si fuéramos nosotras, ¿de verdad seguiríamos cargando todo sin cuestionarlo?

¿Quién dijo que debemos aceptar nuevas cargas sin redistribuir las antiguas?

¿Quién dijo que el amor se mide por agotarse?

¿Quién dijo que la casa es solo cosa de mujeres?

Gracias, mamás, por haber sostenido tanto. De verdad. Nos dieron estabilidad, estructura y cariño en contextos donde las exigencias eran imposibles. Pero hoy la invitación es otra: suelten.

Suelten lo que ya no tiene sentido llevar solas. Digan cuando algo pesa. Pidan ayuda sin culpa. Reconozcan su propio cansancio. Elijan lo que quieren conservar y lo que ya no les corresponde.

Y a nosotros nos toca aprender: a cocinar, a limpiar, a cuidar, a preguntar “¿cómo estás de verdad?”. A construir hogares donde el apoyo sea mutuo y no una carga heredada.

Porque ustedes ya fueron super mujeres.

Ya no tienen por qué seguir siéndolo.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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