David: We’ve been clutching so desperately to the past, and for what?
Ruth: Because that’s when there was hope.
Six Feet Under
Entro al Cementerio Central de Bogotá con un puñado de flores blancas. No visito a nadie en específico, pero siento que alguien me espera. Recorro los osarios, los mausoleos y las tumbas. Silencio. La ciudad se escucha lejos, a pesar de estar en su centro. “Que los sigas cumpliendo en la gloria de Dios”, canta una familia al frente de un osario. Se rompe el silencio.
Sigo caminando. En mi mente aparece una frase de Flannery O’Connor en su cuento Más pobre que un muerto, imposible: “El mundo se creó para los muertos (…) ¡Los muertos son un millón de veces más que los vivos y el tiempo que los muertos pasan muertos es un millón de veces más que el tiempo que los vivos pasan vivos!”.
En el camino veo a un hombre —tal vez de mi misma edad— que pone un vallenato frente a una tumba. Sostiene el celular con la música y se sienta a fumar. Cruzo una esquina y encuentro a un señor haciendo una videollamada. “¿Qué tal quedó? ¿Se ve bonito, no?”, le pregunta a una mujer que, desde la pantalla, le contesta: “Hermoso mi niño”. Arreglaron su placa que, entre sol y lluvia, se había agrietado.
Sigo caminando. Pasa a mi lado una señora con un sepulturero. Me sorprende su prisa —tan inesperada en lugares como este—, pero escucho: “Es que hace rato no lo visito y anoche me lo soñé”, le dice al sepulturero.
Los cementerios son lugares liminales. Lo obvio es decir que son lugares de encuentro entre la vida y la muerte; no me refiero a eso. Son liminales porque siempre están en movimiento. Cada semana llega alguien y se instala una placa, pero otra se oxida, se cae, se borra o se rompe. Cada semana hay flores nuevas y otras se pudren. Es un lugar de movimiento entre la fecha de nacimiento y la fecha de muerte. Con arreglos, visitas, cantos o flores, se busca alejar la fecha de muerte que, aquí, significa el olvido, la borradura.
Más adelante, todavía con un par de flores en mano, me encuentro con un mausoleo que amenaza ruina. No es la primera vez que lo veo. Ya no tiene nombre ni fechas. Lo único que se lee en sus paredes agrietadas es un aviso que también se ha ido borrando: ¡Precaución!
El movimiento de los cementerios se ve amenazado por lo que aquí es inmutable: el silencio. Me debato entre la belleza del silencio como protector del recuerdo y su lado aterrador, como mensajero del olvido. Silencio borrador. Dice Robert Redeker en El eclipse de los muertos que: “lo que se encuentra ahí, bajo la piedra, en el seno de la tierra, es digno de permanecer”. El silencio acecha y amenaza la permanencia, haciendo del cementerio un campo de batalla contra la borradura.
Un poco más adelante, encuentro otro aviso en un mausoleo familiar. Este es nuevo: ¡Cuidado, abejas!, dice. Acostumbrado a la falsa correspondencia entre el presente y los avisos de los cementerios, dudo de su veracidad. Hasta que una abeja roza mi frente. El panal estaba en la cima del mausoleo, justo al lado del apellido de la familia.
En el sendero que conduce a la salida pienso en la posibilidad de convertirme en una tumba que alguna vez tuvo nombre. ¿Seré pared carcomida que nadie se atreve a mirar?, ¿pared abandonada que se llena de agua estancada en el agujero donde alguna vez dejaron flores?, ¿pared problema para el administrador, ansioso por abrir un nuevo espacio ahí, donde creí que estaría por siempre? Me entristece. Y me asusta. Sentir lo difícil de saberse olvidado. De ser borrado por el silencio. De morirme del todo.
Para esos que se quedaron sin nombre. Esos que nadie ve. Esos que ya no tienen a quién contactar. Que ya no tienen sueños donde aterrizar. Esos que dejaron de cumplir años. Que ya parecen olvidar las letras de toda canción. Esos que, como último intento, envían furiosas abejas para que alguien los atienda. Para que alguien lea su nombre una última vez. Esos que el silencio borró. Ellos, como dice Alfonsina Storni,
los que transpiran
Las cosas absolutas,
Por sus azules rutas
Siempre callados giran.
Para ustedes son mis flores blancas. Mis únicas armas en esta batalla contra el silencio borrador.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/