La competencia es por ser la mascota favorita de América.
Mi amiga inscribió a Bernie y hemos estado haciendo, muy juiciosas, la campaña porque ese gato peludo de color gris, raza British Longhair, enano, de una personalidad amigable, pero de movimientos no más de los necesarios, y muy hermoso, gane. Qué gato precioso ese que sabe de su belleza natural, que cuando era bebé aparecía a las cinco de la mañana a restregarse en mi pecho y yo empezaba a oler algo extraño, y él feliz ahí restregándose, para descubrir luego, ya completamente despierta, que tenía una plasta de mierda seca enredada en la cola peluda porque todavía no había aprendido a limpiarse bien. Y él todo tranquilo, pavoneándose
El caso es que llevamos en estas casi un mes, porque esto va de ronda en ronda. Desde hace varias semanas nos hemos mantenido en el top cinco. La clave: votar todos los días. Yo les escribo a mis amigos, hago campaña en Instagram, mi amiga les escribe a sus amigos, hace campaña en Instagram. También andamos con unos botones en la chaqueta: pregúntame cómo. Su mamá, en cambio, antes de despedirse por teléfono, les dice a sus amigas: Y recuerda votar por Bernie.
Cada voto nos lo hemos ganado limpiamente: este jueves, cuando faltaban cuatro horas para que se cerrara la ronda de los cinco, estábamos de sextos. Capone, en cambio, que había estado pasando de ronda en los últimos lugares, había aparecido de cuarto de repente.
Pagaron, le dije a mi amiga.
Nos pusimos entonces a mover la maquinaria: mensajes por aquí y por allá: por favor.
Porque la cosa es que uno puede comprar votos: cada uno vale un dólar y se pueden comprar hasta doscientos cincuenta. Se supone, en realidad, que es una donación para la institución que organiza y que ayuda a animales enfermos o huérfanos. Parece una buena razón, pero también queremos ganar por justa democracia.
Nosotras hacemos la campaña voto a voto. Queremos que Bernie gane por su belleza y sus encantos gatunos. ¿Quién no quiere un pequeño amigo en su vida? Él es amoroso, divertido y un pastelero con estrella Michelin. Pero el primer puesto de nuestro grupo —esta es una campaña larga, apenas vamos en la fase de grupos— se ha mantenido ahí todo el tiempo. El gris aquel es un doméstico de pelo largo, también gris, también con ocho meses, gigante. Usa chaleco de jean.
Creo, le digo a mi amiga, que a Steve también le pagan. En su cuenta de Instagram no tiene muchos seguidores.
Mi amiga dice que nos deberíamos dedicar a la política: ayer, que íbamos de sextos, movimos la maquinaria amiguera y terminamos terceros. Y eso que no hemos usado X, la red de la política, para la campaña. Esto es con trabajo y esfuerzo (y mucha diversión): voto a voto, amigo por amigo. Firma por firma. Mi mamá todos los días me manda una foto diciendo que ya votó.
Este es el problema: si no pagamos, no vamos a ganar.
Pagar sería fácil, casi una inversión. El premio es ser portada de una revista y diez mil dólares. Uno podría invertir dinero que luego descontaría del premio.
Pero ajá.
¿Cuál es la gracia? ¿Dónde queda el esfuerzo? ¿Dónde la meritocracia —y el convencimiento que tenemos— de que Bernie es el más lindo de todos los gatos de la competencia? ¿Dónde el trabajo honesto, la capacidad de gestión, de hacer campaña, de movilizar masas —no tenemos tantos amigos, pero llamémoslos masas por la confianza—?
Solo quiero, le digo a mi amiga, dedicarme a la política de gatos.
Porque si con los gatos es así, el mundo de afuera es un desastre. Ese, por ejemplo, de estos días en Colombia, donde va a ganar, otra vez, no el mejor, sino el que tenga más dinero, más poder, más capacidad de infundir miedo sobre lo que podríamos ser si otro gana. En fin. El todo por el todo. Las maquinarias por debajo moviéndose, haciéndonos creer en la democracia.
En todo caso, vote aquí por Bernie: https://americasfavpet.com/2026/bernie-89b5
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/