Si leyera, alcalde

Por pura coincidencia, el día antes de que el alcalde de Medellín censurara vía twitter el libro El M-19, de la guerra a la política, del profesor e investigador de la Universidad de Antioquia, Jaime Rafael Nieto, compré un libro que, en caso de caer en manos del mandatario, muy seguramente correría con la misma suerte. La carátula, probablemente impulsaría los intestinos censores del burgomaestre: de fondo, los colores de la bandera del M-19, la espada de Bolívar sobre estos y el título: La utopía de ser gobierno. Jaime Bateman, el M-19 y el Palacio de Justicia de Adolfo León Atehortúa. Mejor dicho, la perdición, diría nuestro alcalde. 

Porque todos sabemos que el alcalde no leyó el libro que censuró. Ojeó la portada y lo que vio allí disparó sus sesgos e inseguridades, activó sus estereotipos, impulsó su instinto electorero y alimentó sus ánimos autoritarios. Los censores normalmente no leen. No tienen que hacerlo. Su estructura simple, contundente y compartimentada, reconoce rápidamente qué es aceptable y qué es herético, apologético, inmoral o, simplemente, ilegítimo. El censor, además, le ahorra a los meros mortales, débiles, vulnerables y manipulables, el tiempo y el riesgo de la lectura.  El censor siente que está cuidando de su gente. 

Afortunadamente ni los directivos de la biblioteca pública donde se realizaba la presentación del libro ni los asistentes al evento le hicieron caso a la orden perentoria e ilegal de Fico. El evento se realizó y como suele pasar con la censura, el libro y su autor, que estaban condenados a una audiencia pequeña y de nicho, -investigadores, académicos, familia y protagonistas-, se hicieron populares y ocuparon las páginas de medios nacionales, regionales y especializados. Buena parte del país se enteró de la existencia del libro y escuchó a su autor y, esto, muy seguramente, impulsará su venta. La ley de las consecuencias no deseadas de Robert Merton y que en la cultura popular se conoce como “el efecto Streisand”.  La censura suele devolverse, con creces. 

Si el alcalde leyera el libro de Atehortúa sabría, por ejemplo, que el M-19 no fue un grupo homogéneo y estable y, cuando Bateman lideraba la organización y la impulsaba hacia la lucha por la democracia, se creó una disidencia llamada la Coordinadora Nacional de Base que insistía en que la lucha armada apuntaba al orden socialista y no a la democracia. El líder de esa disidencia era Everth Bustamente, hoy miembro del Centro Democrático (partido cercano a la primera autoridad del distrito). 

Si el alcalde fuera más allá de la portada, seguramente compartiría la tesis central del autor, Adolfo León Atehortúa, según la cual el M-19 terminó en la “alienación de las armas” y en un “militarismo exacerbado” en el que la violencia, “en sí misma y por sí misma”, se transformó en el objetivo único de su accionar. Yo adicionaría que la naturaleza misma de la confrontación armada hace que este desenlace sea inevitable en todos los casos. Es decir, creo que el conflicto armado tiene una fuerza y una lógica propia que siempre apunta al desborde y al exceso y, una vez tomada la decisión de ir a las armas, la alineación es el destino. Pero esa es mi opinión (quizás por leer novelas y libros de historia y de teoría política) y no se la impongo a nadie. 

Si leyera, el alcalde podría ver que ambos autores son críticos del accionar del M-19 y en ambos libros brilla por su ausencia el presidente Petro.  El primer mandatario, que suele exagerar su rol en el grupo armado, ignoró al profesor Nieto cuando este le presentó su libro porque, según le dijo a El Armadillo, “él no aparece mencionado por ningún lado”. Ya se sabe que el narcisista se siente la medida del mundo. En el libro sobre Bateman y el Palacio de Justicia solo se menciona al presidente en un aparte al final para insistir en que, por su edad, por su posición secundaria en el organigrama y porque estaba detenido, no tuvo conocimiento o responsabilidad directa en el tema.    

Cuando leemos, además, entendemos las contradicciones, los quiebres y el papel central que juegan el azar y la casualidad en los hechos históricos y en las vidas de sus protagonistas.  Ante las narrativas lineales, secuenciales, lógicas y “justas”, las buenas lecturas nos sumergen en el torbellino de la historia en el que se mezclan voluntades, actores visibles con fuerzas oscuras y puro azar.  Y, claro, se puede leer con el báculo en la mano y repartir responsabilidades y sentencias, pero a costa de perder profundidad y claridad.

No leemos libros sobre los actores armados, los grandes dictadores o las guerras y las campañas militares del pasado porque somos promotores, admiradores o defensores de la violencia o los violentos. Leemos sobre estos hechos, personajes y temas porque nos interesa entender quiénes eran, por qué sucedieron, qué efectos tuvieron y, de pronto y llegado el caso -siempre llega-, cómo se pueden evitar o enfrentar. Leemos sobre personajes cuestionables (¿no lo somos todos de una u otra forma?) y hechos dolorosos, porque solo tratando de comprender las marcas profundas que dejan en nuestras vidas colectivas, podemos, finalmente, conocernos un poco mejor como sociedad y como individuos.–

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/

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