Sea egoísta y salga a votar

A usted, el que no está interesado en política: léase esto. Tal vez no sepa por quién votar, tal vez le resulte desgastante pensar en política, tal vez su desconexión nazca de no querer envolverse en una discusión que parece no agregarle nada a su día a día. Pero le pido que, por una sola vez, le dedique unos minutos a esta columna. Le prometo que se trata de usted.

Soy economista. No le hablo desde una trinchera; le hablo de política como algo que afecta mi realidad inmediata y futura en términos concretos, contantes y sonantes. Colombia, a mi parecer, es un país con un potencial enorme: tenemos una ubicación estratégica, pisos térmicos que nos permiten producir una gran variedad de productos y una diversidad única en el mundo, que nos da la posibilidad de construir conocimiento y ofrecer desarrollo desde la pluralidad.

Pero también reconozco que es un país profundamente marcado por la violencia, por las heridas de un pasado de bandos donde muchos han sufrido a manos de los extremos. Y hoy nuestra discusión sigue siendo la misma de siempre: ¿liberales o conservadores?, apenas maquillada con un nombre nuevo: ¿izquierda o derecha?

Puede que usted diga: «por eso me mantengo distante, por eso no sé por quién votar, no sé de qué lado ponerme, no sé quién dice la verdad, no me siento representado por ninguno, ni siquiera los entiendo». ¿Pero y si le digo que el dinero que tiene hoy, y el que tendrá mañana, también depende de quién lo gobierne? Que quien usted escoja puede afectarlo mucho más de lo que imagina.

El presidente es el líder de la rama ejecutiva: diseña un plan y conduce el país durante cuatro años con base en él. Es quien ejecuta el rumbo. Y como todo plan, necesita plata. Déjeme decirle algo: esa plata la pone usted.

Usted paga impuestos en el chocolate del desayuno, en la lata de atún del almuerzo, en los servicios públicos, y aún más en la ropa con la que se viste. Usted, como todo colombiano que vive y consume los productos del país, le entrega una parte de su dinero al Estado para que lo administre. Usted, día tras día, quiéralo o no, sostiene al Estado.

Ahora piénselo un momento: al Estado no le alcanza. Y no solo porque lo que recauda sea insuficiente, sino porque ha administrado mal. Ha cobrado cinco y se ha gastado diez. Hoy buena parte de cada peso que producimos se va en pagar lo que ya debemos. Y lo más grave: es posible que esa deuda nunca nos devuelva, en crecimiento, lo que nos costó contraerla.

El asunto ideológico de la derecha y la izquierda no va a resolver eso. Y no porque ambos lados sean lo mismo —no lo son—, sino porque ninguno de los dos está dispuesto a hacer lo que de verdad se necesita. Viven de atacarse, de echarle la culpa al otro y de prometer que destruirán una corrupción que, cuando llegan, terminan administrando. ¿Qué nos ofrecen? ¿Más bala? ¿Más subsidios sin el ingreso para sostenerlos? ¿Mano dura contra los corruptos del bando contrario y la vista gorda con los propios?

Y como no me gusta criticar sin poner la cara, le digo qué defiendo.

Defiendo la empresa, porque es la que crea la riqueza; y defiendo al Estado como el que debe redistribuirla, porque el crecimiento que no llega a la gente no sirve de nada. Defiendo un Estado presente en lo social, pero consciente de que no puede gastar lo que no produce: la compasión sin caja no es política, es promesa incumplida. Defiendo endeudarse cuando la deuda compra crecimiento, y rechazarla cuando solo compra tiempo. Defiendo la libertad de opinar y de disentir, pero con argumentos, nunca con violencia, porque el que grita para callar al otro no está debatiendo: está venciendo, que es muy distinto. Y defiendo entender el contexto de cada quien sin rendirme a él, porque el contexto explica las posiciones, pero no las vuelve verdaderas. Hay hechos que no se negocian.

Eso no es ni izquierda ni derecha. Es sentido común con cuentas claras. Es entender que el país no se construye desde el yo, ni siquiera desde el usted, sino desde el nosotros.

No le voy a decir por quién votar. Pero sí le voy a decir que los impuestos que pague dentro de unos meses, en cinco años o en diez, sí dependen de por quién vote. Y que el progreso del país depende de quién se siente a hablar, a debatir, y con quién. Por eso votar es, antes que nada, un acto de egoísmo bien entendido: es negarse a que otro decida por usted lo que más le conviene. Cuidar su futuro no solo es legítimo, es su responsabilidad. Hágalo a conciencia.

Sea egoísta y salga a votar, y ojalá que su conciencia le pueda decir después, que lo hizo bien.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/carolina-arrieta/

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