“No veréis los países, solo un orbe indivisible que gira sin cesar y no conoce la posibilidad de la separación, ni, desde luego, la de la guerra… No veréis muros ni barreras, no veréis tribus, ni guerras, ni corrupción, ni ningún motivo para tener miedo”.
Samantha Harvey, Orbital.
Vuelvo a esta cita que utilicé hace unos meses para otra columna. Es que, por estos días de campañas políticas, cadenas de Whatsapp, discusiones en el almuerzo familiar o en la salida con los amigos, videos y piezas de publicidad en redes sociales, información en exceso y desinformación abundante, me gusta mirar al cielo, observar las estrellas y pensar en la luna, como una forma de recordarme lo minúsculos que somos en este Universo. Entonces volví a ese libro precioso que leí el año pasado y me gustó tanto por su belleza sutil y sus frases sin pretensiones que lo dicen todo sobre los seres humanos.
Habitamos un planeta que lo tiene todo para nuestra subsistencia, pero lo destruimos cada día con acciones que creemos que no nos afectan, sin embargo (nos demos cuenta o no) sufrimos las consecuencias de ello: temperaturas extremas por el calentamiento del mar y el derretimiento de los polos, incendios forestales cada vez más frecuentes, migraciones de especies a lugares que no son su hábitat, lluvias extremas que pronto se convierten en huracanes, sequías, guerras, unas más mediáticas que otras, y millones de seres humanos con hambre.
Y como si no fuera suficiente, insistimos en crear nuestras propias guerras, las internas, las de nuestra vida privada: juzgamos al vecino, peleamos con los amigos y la familia por política, rompemos relaciones como si fueran una hoja de papel, criticamos, insultamos, nos ofendemos y somos incapaces de resolver los conflictos que nos tocan a la puerta, porque es más fácil el frío silencio o la etiqueta para separarnos, que darle prioridad a la paz. Y unos hablan mucho de paz colectiva como un derecho fundamental o un principio que no se negocia, pero la paz empieza por uno mismo y con su entorno más íntimo y cercano.
Insistimos una y otra vez en el desastre, como si esa fuera nuestra verdadera esencia: una violencia desenfrenada y desmedida contra todo. Una ira acumulada generación tras generación que nos aleja de reparar heridas, sobre todo, cuando nos es imposible sentarnos a hablar en una mesa y mirarnos a los ojos, reconociéndonos como lo que somos: seres imperfectos.
Toda esta digresión para decirles que hoy es un día decisivo para el país en el que se enfrentan dos modelos. Y habrá, de lado y lado, apoyando a uno de los dos, seres humanos. Personas como usted o como yo que tienen una historia, una mirada, unas circunstancias que lo han llevado a elegir lo que quiera elegir. Celebro la democracia y honraré siempre mi derecho al voto, conquistado por mujeres valientes. Pero lo haré sin rabia y sin miedo, con la certeza de que el candidato que marque en el tarjetón es el que considero que mejor puede gobernarnos. Y también, con la certeza de que, quien piensa diferente a mí, no es mi enemigo.
Dejemos de pelear por políticos, que también son seres humanos habitando este mismo planeta. Dejemos de sembrar odio en quienes queremos porque piensan distinto. Dejemos esa obsesión por dividirnos cada vez más en subcategorías que, al final, no nos definen. Todos queremos lo mejor para Colombia, y querer lo mejor tiene muchos significados.
Hoy también salgo a votar en homenaje a Miguel Uribe Turbay, quien debería estar en el tarjetón y no en nuestra memoria, voto recordando la última vez que lo vi y dijo: “voy a ser el próximo presidente de Colombia y en mi gobierno no habrá lugar para los criminales, vamos a vivir en paz”. Voto por eso, Migue, por ti, por tu hijo, por mi hija y por todos los niños del país.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/