Para escuchar leyendo: Run Run se fue pa´l norte, Violeta Parra.
Siempre me ha inquietado que una ciudad que sufrió tanto con las bombas y los estallidos tenga tanta fascinación con la pólvora y el ruido. Medellín, que carga aún las cicatrices de un pasado violento, parece haber normalizado una sonoridad que no celebra: aturde. Es como si el estruendo siguiera siendo una forma de afirmarse ante el mundo, una herencia cultural que nadie firmó, pero que todos repiten. Un afán de demostrar quién sabe qué poder a quién sabe qué enemigos, una más de esas heridas colectivas que el maldito narcotráfico nos dejó.
La pólvora —esa estética del estallido— se mantiene como un ritual que desborda tradición y se convierte en permiso para la imprudencia. Detrás de ese destello fugaz queda un eco largo: animales muertos, niños que no duermen, personas que reviven temores antiguos. Y, sin embargo, cada diciembre repetimos el libreto con una obstinación que sorprende, con cifras de quemados y lesionados que se pierden en el paisaje blanco de la cifra muerta.
Pero el ruido no termina en la pólvora. Está también en la música excesivamente alta que convierte lo privado en público; en la rabia desproporcionada que despierta pedirle a alguien que baje el volumen, como si el silencio fuera un ataque personal (Carajo, que hasta han matado gente por pedirle a un vecino que le baje el volumen a su estruendo). Medellín vive una tensión constante entre el derecho a celebrar y el derecho a la tranquilidad, y casi siempre gana el primero, incluso cuando se impone a gritos.
La situación se agrava con la nueva moda del alquiler de bafles estruendosos en las playas del país —bafles que compiten entre sí en un duelo absurdo donde todos pierden, donde la música deja de ser arte y empieza a ser cansancio—. Lo que debería ser un espacio de descanso se transforma en un campo de batalla acústico que elimina cualquier posibilidad de paz. Es la exportación del ruido como marca cultural, como si no hubiera otra forma de ocupar el espacio público que no fuera invadiéndolo. Ocupar, confundido precisamente con la idea de dominar.
No basta con sancionar; claro que hay que castigar a quienes ponen en riesgo la salud y la convivencia. Pero si queremos desterrar la pólvora y el ruido de nuestro ethos, necesitamos algo más profundo: una cultura ciudadana que reconozca el silencio como un derecho, la tranquilidad como un valor y el respeto como el verdadero sonido de una sociedad que aprende de su historia. Sólo así, en el corto, mediano y largo plazo, podremos dejar atrás esta obsesión con el estruendo y construir una Medellín que suene distinto.
¡Ánimo!
Posdata: Dios les pague por la compañía durante este año; espero que lo hayan disfrutado. Si Dios y, sobre todo, la dirección quieren, nos seguiremos leyendo el año entrante.
¡Felices fiestas y feliz 2026!
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